SE ha terminado 2016, que para el Cádiz fue el año del cambio. No sólo por el ascenso a lo que ahora se llama La Liga 1/2/3 (antes Segunda División), sino porque la trayectoria deportiva y la gestión del club permiten aspirar a un futuro mejor. El proyecto de Locos por el Balón se tambaleó en 2016, con las discrepancias entre Manuel Vizcaíno y Quique Pina, pero lo recompusieron, aunque sea porque tienen un matrimonio de conveniencia. Esa es una de las claves de la mejoría. En la parte deportiva, el Cádiz tiene una estructura heredada del Granada, con Juan Carlos Cordero; es decir, de un club al que dejaron en Primera antes de recalar en el Cádiz sin tapujos.

En la estructura social y deportiva, el Cádiz ha crecido. Sin embargo, es cierto que el ascenso a Primera División no es una obligación, porque lo principal es consolidar una estructura que evite nuevos fracasos, como los que devolvieron al Cádiz al pozo de la Segunda B. Allí ha estado a punto de ahogarse. Y, como dice Pina, el ascenso a Primera sería como si a un pobre le toca la lotería, o algo así. Pero si el pobre es listo, a lo mejor consolida su fortuna.

A estas alturas de la temporada, en el parón de Navidad, el Cádiz está mejor de lo esperado. Clasificado en cuarto lugar, en posición de eliminatoria de ascenso a Primera. Se sigue diciendo, con buen criterio, que el objetivo es la permanencia. El Cádiz ya tiene 30 puntos, por lo que con 21 ó 22 más (a falta de 23 partidos) estaría salvado. Sin embargo, la competición es muy larga y no se puede descartar un bache. El Cádiz, que es el mejor de los ascendidos de Segunda B, llegó a estar a 9 puntos del Reus y del Sevilla Atlético, a los que ahora supera. Aún queda mucho esfuerzo por delante. Y es imprescindible reforzar el equipo.

ESTE Cádiz ha crecido a un nivel inimaginable hace medio año. El 4-1 al Sevilla Atlético certifica 30 puntos que huelen a salvación, pero que abren una puerta para seguir creciendo. Este Cádiz ya no es el que jugó la fase de ascenso de Segunda B para subir a base de coraje. Este Cádiz ya ni siquiera es el que comenzó su aventura en el retorno a Segunda A, con muchas dudas y apelando a su coraje para ir sumando puntos. Este Cádiz mantiene su espíritu de lucha, pero ha crecido, ha ganado en confianza y soltura. Ahora le sale bien casi todo. Por eso se empieza a mirar hacia arriba, sin olvidar el objetivo, que es mantenerse.

FUE un partido de rivalidad con todas sus consecuencias. Como en los viejos tiempos. Con dos aficiones animando y trasladando la rivalidad a las gradas. Un partido con un árbitro contemporizador, De la Fuente Ramos, que pitó un penalti de cobarde, provocado por Rodri, al que perdonó la expulsión en el primer tiempo. Y que después echó a Álvaro Cervera, que es un angelito en el banquillo. Ante esas injusticias, ante una derrota que no merecía, se alzó el mejor Cádiz. La rabia con la que reaccionó sirvió para cambiar el partido y poner lo que había que poner. Una vez más se vio que Ortuño (cuyo fichaje fue criticado por algunos) es un fenómeno del gol.

VIMOS a un gran Cádiz, quizás el mejor de la temporada, que consiguió una justa y amplia victoria ante el Zaragoza. En esta ocasión todo el equipo rindió a un alto nivel y no hubo lunares negros. Defensa con eficacia, un centro del campo que supo interpretar el partido y un ataque letal cuando llegaban balones arriba. Esta vez brilló esa intensidad que es imprescindible para el Cádiz. Viendo al Zaragoza de ayer se entiende por qué Raúl Agné no triunfo aquí, y por qué se le escaparon muchos puntos lejos de Carranza. En el fútbol de hoy no basta con tocar el balón sin peligro en las zonas más fáciles.