Fue un encargo que hicieron los jesuitas para provocar el arrepentimiento. El imaginero recurre a la serenidad para reflejar la elocuencia implacable de la Muerte

CON el paso del tiempo, se pudo escribir su historia. Hoy el Cristo de la Buena Muerte es una de las obras mejor documentadas de su autor, Juan de Mesa, que durante siglos fue un artista oculto bajo la fama de su maestro. El 13 de marzo de 1620, el jesuita Pedro de Urteaga encargó al escultor Juan de Mesa y Velasco la hechura de un Crucificado para la Casa profesa que tenían en Sevilla. El Cristo fue terminado el 8 de septiembre de 1620. También le encargó una Magdalena abrazada a la cruz, que se perdió con los años. Una leyenda afirma que los jesuitas pretendían escenificar el arrepentimiento ante la Muerte de Cristo, un testimonio impactante para disuadir del pecado de la prostitución.

Fue bendecida hace medio siglo, pero el tiempo no pasa por Ella. Eterna juventud. Es el milagro de que la Madre de Dios siempre tenga 15 años

UN chaval de 15 años vio la cara de la Virgen en un sueño. Era casi una niña, pura, inmaculada, que se despertaba a la vida. Quizás presagiaba que algún día un dolor lacerante traspasaría sus entrañas. Quizás era la misma niña a la que se le apareció un ángel, para anunciar un misterio que Ella aceptó. Desde aquel momento, esa niña sería la Madre del Hijo de Dios. Y aquella Niña (ya con mayúsculas), de tan pura como era, nunca envejecería; y tendría 15 años así que pasaran 50, y seguiría siendo una Niña cuando hubieran pasado todos los siglos de los siglos. Aquel chaval decidió que aquella Niña del sueño se convertiría en una imagen. Todavía nadie sabía que se llamaría Guadalupe.

El Domingo de Ramos es el día más propicio al Amor. Hay una Semana Santa que vuelve a la memoria y que nos trae el recuerdo de otras generaciones. El amor a veces nos duele

EL Amor se asoma cada Domingo de Ramos a Sevilla y se queda muerto en lo alto de una cruz. Se mezcla entre cirios que avanzan por la calle Cuna, en un horizonte de ruán negro, camino de la Campana, entre luces y rumores que rompen el silencio de la noche recién estrenada.

El amor se queda en los recuerdos de tantos años acumulados, y se aparece de pronto, para golpear en la memoria truncada de los que estuvieron y ya no están. Cada Domingo de Ramos es diferente, nunca será igual el tiempo. Hoy todos se han acumulado para refrescarnos el ayer. Entre tantas cosas que es (y que puede ser) la Semana Santa es también la idealización del tiempo. Ser lo que fuimos. Y nunca es más Semana Santa que hoy, en el atardecer del primer día. Ese instante, cuando todo ha vuelto, pero lo nuevo se empieza a perder.

EN menos de un siglo que tiene la tradición del Pregón de la Semana Santa ha pasado por varios escenarios. Todavía hay nostálgicos del Teatro Lope de Vega, e incluso del Teatro San Fernando. Pero la verdad es que el Pregón no ha arraigado tampoco en el Teatro de la Maestranza, hasta el punto de que se organiza allí por lo mismo de escenarios anteriores: por buscar la mayor capacidad. Con el requisito añadido de que no resulte chocante por su ubicación o aspecto. Y conste que, cuando se cambió, fue criticado el Maestranza, faltaría más. Teatro frío, ajeno al barroquismo de lo que allí se narra, más apropiado para un Barbero de Sevilla o una bienal flamenca.

ENTRE  las diversas efemérides cofradieras que se conmemoran este año, no sólo las celebran hermandades. También se incluye el Centenario del taller de bordados de Caro. Merece ser destacado. Cuatro generaciones de una familia han trabajado desde que José y Victoria Caro lo fundaron en 1917. En esa familia creció Esperanza Elena Caro, una bordadora genial, única, posiblemente la mejor del siglo XX. Tras el periodo de José Manuel Elena al frente del taller (cuando afrontó los tiempos difíciles de la Transición de los artesanos), todavía sigue vivo. Ahora con Carlota Elena Meléndez, que representa a la cuarta generación familiar.