Todos nos hemos sentido traicionados alguna vez y eso es lo que se representa. Los malos y los buenos. Pero, al final, solo el Señor es el Bueno

AQUEL hermano número 1 ya falleció, hace demasiados años. Una tarde de marzo en su casa, con la voz temblorosa, mientras la Cuaresma avanzaba con chicotás que siempre nos parecen cortas, mientras llegaban rumores de charlas en Casa Morales, me contó que él había visto a la antigua imagen del Señor, en las calles de Sevilla, con una túnica bordada; y que cuando encargaron una talla nueva a Castillo Lastrucci algunos hermanos se enfadaron, y más aún cuando enviaron al antiguo Titular a la parroquia del Juncal.

No obstante, con el paso de los años, ese monumental paso de misterio se transformó en un clásico de la Semana Santa. Como si hubiera existido toda la vida, como si fuera una herencia de los siglos de oro del barroco, o de la Semana Santa romántica. Y que, sin embargo, ese misterio tan extraordinario era de ayer mismo, porque todo lo hizo Antonio Castillo Lastrucci, y todo se estrenó en 1945: el Señor, las figuras del misterio y el paso. Todo salió nuevo ese año. Total, que era muy bonito, pero de ayer mismo. Y que los viejos recordaban aún el antiguo. Y que las cofradías no tenían memoria, y que eran capaces de reinventarse. Aunque a ellos les quedaba su Regla panadera.

Fue un encargo que hicieron los jesuitas para provocar el arrepentimiento. El imaginero recurre a la serenidad para reflejar la elocuencia implacable de la Muerte

CON el paso del tiempo, se pudo escribir su historia. Hoy el Cristo de la Buena Muerte es una de las obras mejor documentadas de su autor, Juan de Mesa, que durante siglos fue un artista oculto bajo la fama de su maestro. El 13 de marzo de 1620, el jesuita Pedro de Urteaga encargó al escultor Juan de Mesa y Velasco la hechura de un Crucificado para la Casa profesa que tenían en Sevilla. El Cristo fue terminado el 8 de septiembre de 1620. También le encargó una Magdalena abrazada a la cruz, que se perdió con los años. Una leyenda afirma que los jesuitas pretendían escenificar el arrepentimiento ante la Muerte de Cristo, un testimonio impactante para disuadir del pecado de la prostitución.

Fue bendecida hace medio siglo, pero el tiempo no pasa por Ella. Eterna juventud. Es el milagro de que la Madre de Dios siempre tenga 15 años

UN chaval de 15 años vio la cara de la Virgen en un sueño. Era casi una niña, pura, inmaculada, que se despertaba a la vida. Quizás presagiaba que algún día un dolor lacerante traspasaría sus entrañas. Quizás era la misma niña a la que se le apareció un ángel, para anunciar un misterio que Ella aceptó. Desde aquel momento, esa niña sería la Madre del Hijo de Dios. Y aquella Niña (ya con mayúsculas), de tan pura como era, nunca envejecería; y tendría 15 años así que pasaran 50, y seguiría siendo una Niña cuando hubieran pasado todos los siglos de los siglos. Aquel chaval decidió que aquella Niña del sueño se convertiría en una imagen. Todavía nadie sabía que se llamaría Guadalupe.

El Domingo de Ramos es el día más propicio al Amor. Hay una Semana Santa que vuelve a la memoria y que nos trae el recuerdo de otras generaciones. El amor a veces nos duele

EL Amor se asoma cada Domingo de Ramos a Sevilla y se queda muerto en lo alto de una cruz. Se mezcla entre cirios que avanzan por la calle Cuna, en un horizonte de ruán negro, camino de la Campana, entre luces y rumores que rompen el silencio de la noche recién estrenada.

El amor se queda en los recuerdos de tantos años acumulados, y se aparece de pronto, para golpear en la memoria truncada de los que estuvieron y ya no están. Cada Domingo de Ramos es diferente, nunca será igual el tiempo. Hoy todos se han acumulado para refrescarnos el ayer. Entre tantas cosas que es (y que puede ser) la Semana Santa es también la idealización del tiempo. Ser lo que fuimos. Y nunca es más Semana Santa que hoy, en el atardecer del primer día. Ese instante, cuando todo ha vuelto, pero lo nuevo se empieza a perder.

EN menos de un siglo que tiene la tradición del Pregón de la Semana Santa ha pasado por varios escenarios. Todavía hay nostálgicos del Teatro Lope de Vega, e incluso del Teatro San Fernando. Pero la verdad es que el Pregón no ha arraigado tampoco en el Teatro de la Maestranza, hasta el punto de que se organiza allí por lo mismo de escenarios anteriores: por buscar la mayor capacidad. Con el requisito añadido de que no resulte chocante por su ubicación o aspecto. Y conste que, cuando se cambió, fue criticado el Maestranza, faltaría más. Teatro frío, ajeno al barroquismo de lo que allí se narra, más apropiado para un Barbero de Sevilla o una bienal flamenca.