TODA la Sierra de Cádiz ha sufrido una gran catástrofe natural con las inundaciones del tren de borrascas. Grazalema ha acaparado los focos mediáticos y la mayor atención. Con razón, porque ha sido necesario evacuar a toda la población. Pero en otros municipios han vivido momentos muy duros. Y también han dado una lección de ejemplaridad. Hoy me refiero principalmente a Ubrique, porque lo que ha ocurrido en este municipio ha sido agobiante, pero también un ejemplo de buen hacer en una situación límite de emergencias. Si no fuera por la disposición de los vecinos, y por decisiones acertadas, allí se estaría lamentando una tragedia con muchas víctimas.
Hay que situar el contexto. Ubrique es el segundo municipio en habitantes de la Sierra de Cádiz. Tiene 16.624 vecinos. Sólo es superado por Arcos de la Frontera, ubicado en la puerta de la Sierra, donde hay 31.267, y que también ha sufrido las consecuencias, sobre todo en la parte baja. Ubrique tiene su mejor acceso por Arcos y El Bosque. El número de habitantes de Ubrique es más de ocho veces el de Grazalema, que no llega a los 2.000 vecinos, aunque en los días de mucho turismo los supera ampliamente. Ubrique, además, dispone de una industria pujante con la marroquinería, entre otras actividades económicas, y ejerce como centro comercial para otros municipios del entorno.
En Ubrique no ha ocurrido una tragedia mayor porque convirtieron las calles en ríos y cataratas para que corriera el agua. Así evitaron que rompiera a lo loco e inundara por completo las casas. Han sufrido importantes daños y evacuaciones de vecinos. Pero se han evitado males mayores gracias a una decisión urgente para canalizar el agua y gracias al trabajo de los ubriqueños en circunstancias adversas.
Otros municipios más pequeños, como Torre Alháquime, lo han pasado muy mal y han recibido menos atención mediática, precisamente porque se llegó a quedar aislado y era inaccesible. Vivieron una situación crítica, de nervios y agobio, y padecieron las deficiencias de las carreteras de la Sierra de Cádiz, agravadas por las lluvias.
Después de la tempestad, vendrá el tiempo de la reconstrucción. Y, como se ha visto con los trenes, no basta sólo con invertir más dinero público, sino que hay que gastarlo mejor. Atendiendo las necesidades de los vecinos y los daños sufridos, pero también mejorando las infraestructuras, en especial las carreteras comarcales de la Sierra. Algunas son impresentables y ya estaban muy deterioradas antes del tren de borrascas.
José Joaquín León
