FALTAN sólo dos días para que se termine enero, el mes más triste del año en Sevilla. Puede que algunos no compartan esta afirmación y piensen que otros meses le superan en tristeza. Hay elementos alegres en enero, que comienza con las fiestas de Año Nuevo, las 12 uvas y esas buenas intenciones para el tiempo por venir. Y sigue con los Reyes Magos, que vienen con la Cabalgata y los regalos y las ilusiones de la infancia que se cumplen en los niños y renacen en los mayores. Y cuando se le ve la espalda a Baltasar, se suele decir que ya se intuye la Cuaresma, con la función del Gran Poder, con el comienzo de la novena de Pasión y otros actos y cultos.

HA sido un acto de coherencia la suspensión del funeral de Estado, inicialmente previsto para el próximo sábado, día 31de enero, en Huelva. Las 45 víctimas de la catástrofe ferroviaria de Adamuz no se merecen un despropósito como el que se veía venir. Al menos, que respeten la memoria de los muertos. Porque ese funeral estaba predestinado a terminar de mala manera. Ya se vio un numerito lamentable en el funeral de la dana en Valencia. Los ánimos están muy caldeados. La asistencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se prestaba a consecuencias indeseables. Y, por otra parte, el formato del funeral laico (un homenaje sin exequias) había sido cuestionado por familiares.

LA bondad y la miseria del ser humano quedan de manifiesto en las grandes ocasiones. En este país, cuando hay una catástrofe o un accidente grave, algunos empiezan a rebuznar incluso antes de que las víctimas sean socorridas. Y, por supuesto, antes de que se conozcan las causas del siniestro. En el terrible accidente ferroviario de Córdoba, algunos empezaron con el politiqueo en pleno rescate de cadáveres. Santiago Abascal, el líder de Vox, antes de la medianoche ya habló de un Gobierno de mafiosos con el que nada funciona. Y, al momento, ya estaban los medios del bloque progresista diciendo que la ultraderecha y la derecha aprovechaban el accidente para atacar al Gobierno.

NUNCA olvidará lo que le ocurrió a sus seis años. La niña Cristina Zamorano sintió, de pronto, un ruido ensordecedor. El tren empezó a dar botes, notó que se desplomaba, que caían maletas, un golpe muy fuerte en la cabeza. Quizás se desmayó durante unos momentos. Pero despertó, escuchó unos gritos terribles, alaridos de dolor, vio sangre por todas partes, notó que ella también tenía rasguños en la cabeza. Viajaba con su padre, su madre, su hermano y su primo, que estaban en el vagón, los vio cubiertos de sangre, mudos, sin responder a sus palabras, como ausentes. Había otros viajeros en el tren que parecían muertos o heridos, también ensangrentados, sin poder moverse. Llantos que no sabía de donde procedían. Entonces observó que sus zapatos se habían quedado aprisionados bajo unos hierros. Estaba descalza. Comenzó a andar por ese vagón de sangre y muerte.

SOMOS más papistas que el Papa. En Sevilla, una gran parte del mundo cofrade es de bandera pontificia, y gusta que venga el Sumo Pontífice, como pasó con Juan Pablo II en dos ocasiones, y que la Archidiócesis tenga un cardenal, como Madrid y Barcelona, sin ir más lejos. Por eso, al conocer el borrador de la visita de León XIV a España, que probablemente se desarrollará en el mes de junio, parece decepcionante que no se incluya a Sevilla. Más aún si se considera que se esperaba la visita del papa Francisco para el II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular, tras ser invitado por el arzobispo de Sevilla y por el presidente de la Junta de Andalucía. Aunque se entendió y se disculpó su ausencia. El papa Francisco ya estaba bastante pachucho, y prefería viajar a las periferias, por ejemplo, a Mongolia, como cuenta Javier Cercas en su exitoso libro El loco de Dios en el fin del mundo. Y se le disculpó. A cambio, envió a una cualificada representación del Vaticano.