DESPUÉS de la exitosa gala de los Grammy Latinos, que puso a Sevilla en el mapa de quienes no tenían conocimientos geográficos, el Ayuntamiento se marcó otro objetivo: ser la capital de la Navidad. Se suponía que la capital navideña era Vigo, gobernada por Abel Caballero, un socialista de la vieja guardia, que resiste en el poder local desde 2007, cuando era presidente Zapatero. En Vigo montan un árbol navideño de 40,5 metros, que pasaba por ser el más alto de España, aunque este año lo intentaron superar en Badalona (Barcelona), cuyo alcalde es Xabier García Albiol, del PP, y en Cartes (Cantabria), cuyo alcalde es Agustín Molleda, del PSOE. Las dos Españas se enfrentan hasta para la Navidad.

CERRAR librerías es una costumbre habitual en Sevilla. Ya sucedía en el siglo pasado. Tampoco es un problema exclusivo del gremio de los libreros, sino que sucede lo mismo con comercios dedicados a otras actividades. Y ahí es donde surge una de las cuestiones a considerar: ¿una librería es sólo un comercio? Desde un punto de vista económico quizás lo sea, pero detrás existe un componente cultural y casi sentimental. Porque a las librerías y los libreros nos acostumbramos. De modo que cada cual prefiere los suyos. Y sabemos que no es lo mismo comprar los libros en los hipermercados, los grandes almacenes o unas superficies donde se les trata como un producto más. En los últimos tiempos, la lista sevillana de cierres se ha visto afectada, entre otras, con la librería Caótica de la calle José Gestoso y El gusanito lector, de la calle Feria. Pero los gusanos están al acecho, prestos para zamparse nuevos cadáveres, con perdón.

LAS personas con buena memoria histórica recordarán los tiempos de las inocentadas. Llegaba el 28 de diciembre y veíamos los periódicos en los quioscos con algunas noticias fake inventadas, generalmente jocosas, con las que aspiraban a sorprender la inocencia de sus lectores. Como estaban prevenidos y prevenidas, la intención de darles coba resultaba difícil. Y a veces los más incautos confundían las noticias verdaderas con las falsas. Hasta que en los años de la Transición, apareció El País y se cargaron las inocentadas, apelando a lo políticamente correcto. A cada cual se le debe dar lo suyo: Juan Luis Cebrián se cargó las inocentadas y Pedro J. Ramírez se cargó las Hojas del Lunes. Todo se hacía en nombre de la libertad y la democracia.

AL morir los escritores, las editoriales suelen tener el fino detalle de reeditar sus mejores obras. Esperemos que suceda esto con Antonio Burgos. Y no por un oportunismo fúnebre, sino porque ya no podrá aumentar una aportación tan sobresaliente para nuestra Andalucía, que debe ser bien conocida. Entre sus obras, siempre destacarán las sevillanas. Pero tampoco se deben olvidar las gaditanas. El Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla publicó en 2018, en su colección de bolsillo, un libro titulado Discursos entre Sevilla y Cádiz, de Antonio Burgos. Incluía seis textos sobre Sevilla y nueve textos sobre Cádiz, rematados con el Pregón del Carnaval de 1988. En ellos, está el espíritu del mejor Burgos. Como lo está en su libro esencial Sevilla en cien recuadros, una antología de sus artículos más populares.

LA muerte de Antonio Burgos deja un hueco imposible de llenar en Sevilla. Existe una visión de la ciudad que no se puede entender sin sus artículos memorables, que nos hicieron ver una Sevilla a su manera. Desde que le conocí, le consideré mi maestro (que no es lo mismo que ser yo su discípulo), porque lo esencial que aprendí del periodismo se lo debo a él. Y, sobre todo, dos cuestiones básicas: que lo más importante es ser fiel a uno mismo, sin dejarte avasallar por nadie; y que el compromiso es con la realidad. Para él, la actualidad era sagrada. Escribió artículos hasta que no pudo más. Su misión era esa: no romper nunca el compromiso de escribir su verdad.