APROVECHANDO que no funcionan los trenes, dicen que está pasando un tren de borrascas. Las lluvias torrenciales y los vientos huracanados suelen coincidir en Cádiz con el concurso del Carnaval. ¿Por desatar la cólera divina con esos repertorios? ¿Por lo que desafinan esas figuritas de la copla? No, esa sería una interpretación propia de doña Cuaresma. En realidad, el concurso del Carnaval coincide con los temporales porque se celebra en enero, el mes más inhóspito del año. Tanto pedir que el Carnaval volviera a febrero (o, por mejor decir, a sus fechas litúrgicas) y resulta que el concurso comienza en cuanto recogen la basura del día de los Reyes Magos. De cabalgata a cabalgata, Cádiz se carnavaliza. Enerillo el sieso ha ido a lo suyo. Y Febrerillo el loco va a llegar con más lluvias.

CON la muerte de Tere Torres se acaba uno de los últimos vestigios gaditanos de la Transición. Y no exactamente de la política, porque ella nunca se dedicó profesionalmente a eso. Aunque fue la pareja de Rafael Román, que entre los siglos XX y XXI era el líder del Cádiz a la izquierda, el contrapeso local de Teófila Martínez, cuando la alcaldesa tenía mucho peso político. Tere Torres formó parte de la Transición real, la de una ciudad que evolucionó desde un régimen caducado a la modernidad que traía la democracia, a una apertura de costumbres, que entonces eran novedosas, y que el tiempo se ha llevado sin dar explicaciones.

LA sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, que ordena reponer el título de Hijo Predilecto de Cádiz a José María Pemán, es muy importante. Precisamente porque insiste en algo que ya tiene otros apoyos legales. La Ley de Memoria Histórica no se puede utilizar como cobertura del odio político que todavía utiliza la extrema izquierda. Y, sobre todo, porque se argumenta que esa ley no afecta a distinciones concedidas por méritos, que no implican ensalzar al régimen franquista, sino reconocer lo que hizo una persona. En el caso de Pemán, fue nombrado Hijo Predilecto de Cádiz por su valía como escritor. Y sus ideas, que por cierto evolucionaron, hasta distanciarse del franquismo, no influyeron para la concesión de aquel título.

NUNCA olvidará lo que le ocurrió a sus seis años. La niña Cristina Zamorano sintió, de pronto, un ruido ensordecedor. El tren empezó a dar botes, notó que se desplomaba, que caían maletas, un golpe muy fuerte en la cabeza. Quizás se desmayó durante unos momentos. Pero despertó, escuchó unos gritos terribles, alaridos de dolor, vio sangre por todas partes, notó que ella también tenía rasguños en la cabeza. Viajaba con su padre, su madre, su hermano y su primo, que estaban en el vagón, los vio cubiertos de sangre, mudos, sin responder a sus palabras, como ausentes. Había otros viajeros en el tren que parecían muertos o heridos, también ensangrentados, sin poder moverse. Llantos que no sabía de donde procedían. Entonces observó que sus zapatos se habían quedado aprisionados bajo unos hierros. Estaba descalza. Comenzó a andar por ese vagón de sangre y muerte.

A la parroquia de Santa Cruz, todo el mundo le dice en Cádiz la Catedral Vieja. Con razón. No sólo por su antigüedad, que procede de 1262. No sólo por acoger la Seo gaditana tras la reconquista de la ciudad por Alfonso X el Sabio. La Catedral Vieja está vieja de toda la vida. Y la Catedral Nueva tampoco está tan nueva. Las dos han sido cerradas en diversas ocasiones. Se deterioran, como todo lo que hay en el frente marítimo del Poniente, en el Campo del Sur. Se ubicó en un enclave donde los temporales castigan a los edificios. La Cárcel Real necesitó una reconstrucción a finales del siglo XX. Los cierres de las dos catedrales se suceden con demasiada frecuencia.