EN este país la gente se fija en el bulto, pero no entra en los detalles. Después de las elecciones catalanas del 12 de mayo, todo el mundo político en general intenta averiguar si el próximo presidente será Salvador Illa (el más votado), o Carles Puigdemont (el más perverso en maniobras), una polémica que recuerda lo ocurrido el 23-J. Pero se han olvidado de estudiar con detalle las diferencias en menos de un año. Pues no es lo mismo comparar los resultados de Cataluña con las elecciones autonómicas de 2021 que con las generales de 2023. Se han visto curiosidades que conviene resaltar.

PARA entender un poco la realidad de Cataluña, que en el resto de España está tergiversada, nos ayudan las cuentas electorales. Es decir, la evolución de los resultados en las últimas elecciones. Entre el referéndum ilegal que montó Puigdemont el 1 de octubre de 2017 y la convocatoria de hoy, los catalanes han pasado dos veces por las urnas para votar en autonómicas: el 21 de diciembre de 2017 y el 14 de febrero de 2021. En ambas ocasiones, los resultados de Junts fueron parecidos (34 y 32 escaños) y los de ERC también (32 y 33 escaños). Con lo cual se ve que el independentismo sigue como estaba, y no crece, y tampoco subirá hoy, probablemente. Pero hay un caso acongojante: Ciudadanos consiguió 36 escaños en 2017, que se redujeron a 6 en 2021. Y hoy se quedarán fuera del Parlamento de Cataluña, excepto que ocurra un milagro.

ADVERTI el pasado domingo que el lunes sería el día del teatro. Engañó a la ciudadanía, fingiendo una tragedia. El equívoco siguió hasta el último minuto, con la visita al Rey y la puesta en escena de la Moncloa. ¿Para qué? Para convertir la tragedia en farsa. La ciudadanía se enfadó. Querían sangre política, según la encuesta del CIS: que dimitiera o convocara elecciones. Aunque, según el CIS, Sánchez ganaría con 9,4 puntos de ventaja, lo que confirma que el sondeo era increíble. El Gran Líder se burló hasta de sus fieles. Los asustaron desde la Moncloa, diciéndoles: “Está difícil, va a dimitir”. Los engañados, tras el ridículo, han puesto caritas de circunstancias. Y a los que enviaron pocos autobuses a Ferraz los castiga en la lista europea. Juan Espadas se tragó el sapo con gusto Y no se olvidará el papelón de la cheerleader María Jesús.

SUCEDIÓ el día después de la entrega del premio Cervantes. Aquel acto fue presidido por los Reyes, don Felipe y doña Letizia, flanqueados por Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso, que no estaban acompañados por sus parejas. El premio fue recibido por Luis Mateo Díez, un gran escritor, de elaborada prosa, cuyo mejor novela a mi entender es La ruina del cielo. En ese libro se lee: “Buena tierra para que a uno no le hiriese el esplendor con sus falsos brillos y para compartir la caída de lo que en la vida se acumula como peso de la desgracia”. Y lo califica como “reino de la nada”. Pero no se refería a Moncloa. Díez inventó Celama, como García Márquez inventó Macondo, o Benet inventó Región. Pedro Sánchez ha inventado Moncloa, que es su territorio de ficción.

ETA fue fundada en 1959, cometió crímenes durante el franquismo, los siguió perpetrando en la democracia, anunció el cese de su actividad armada en 2011, pero no se disolvió oficialmente hasta 2018. ETA duró casi 60 años; es decir, 20 años más que el franquismo, y de ellos más de 30 cuando en España y Euskadi ya existía un régimen democrático, con elecciones libres, plena autonomía, y un chollo fiscal para los vascos. Asesinaban porque querían la independencia. Causaron 854 crímenes, más de 3.000 heridos, y cometieron 86 secuestros. En las cárceles españolas aún cumplen condenas 169 presos de ETA. Según la Fundación de Víctimas del Terrorismo, han quedado 379 crímenes sin castigo para sus autores.