NO es frecuente en Cádiz que un pintor inaugure dos exposiciones a la vez, y menos aún que ambas traten de lo mismo. O, por mejor decir, que las dos sean la misma, con las mismas obras, en un caso reducidas y en el otro ampliadas. Esta circunstancia peculiar es la que se puede ver estos días con la doble exposición Et in Arcadia ego, de Antonio Álvarez del Pino. La exposición callejera está en el exterior del Mercado Central, en la plaza de la Libertad, y la exposición de sala, con las obras originales, se puede ver en el Centro Cultural Ancha 16. Ambas han sido organizadas por el Ayuntamiento de Cádiz. Y están teniendo éxito porque ha acertado en las formas y en el fondo.
Esta es una exposición que incide en un periodo temporal que gusta mucho en Cádiz: los años de la posguerra. Sobre todo, de las décadas comprendidas entre los 50, los 60 y los 70. La vida de esos años, abordada a través de las pequeñas cosas y las historias cotidianas, ya había sido tratada en los libros de Julio Molina Font, o en las exposiciones de fotografías de Manolo Torre y de Joaquín Hernández Kiki, que siguieron la estela de Juman o Movellán, entre otros muchos reconocidos fotógrafos gaditanos. Todos ellos aportaron los recuerdos y las imágenes de un tiempo que habían vivido, y que se había perdido. Eran unas temáticas como proustianas, pero a la gaditana.
Sin embargo, Antonio Álvarez del Pino le ha dado una vuelta de tuerca a la memoria con sus pinturas. Ha acertado al plasmar ese tiempo en blanco y negro, que no es de fotos, sino que se transmuta en pintura. Pero ese no es el tiempo que ha vivido el creador. Antonio nació en 1979, ya con la Constitución aprobada. Ha pintado a su familia en un tiempo que él no conoció, las tres últimas décadas del franquismo, en una sociedad de sombras, que sin embargo buscaba las luces de la vida. Y, con el tiempo, cuando esa familia va desapareciendo, la añora con la nostalgia de lo no vivido, como una perdida Arcadia.
En esos cuadros están sus abuelos, sus tíos y sus tías, su padre y su madre (que le han influido mucho en su vida), están familiares, pero no es una obra personal, sino que ahí vemos una familia de Cádiz, como tantas otras que vivieron en aquellos años. Y ese es su gran valor: a través de lo particular llega a lo general, a costumbres que muchos gaditanos conocieron, vivieron o sintieron: las viejas casetas de la playa, los viejos coches, la vieja vida… Una ciudad en blanco y negro recupera el tiempo perdido, que vuelve en los tiempos de un color que no aparece, que se quedó fuera de esa historia.
José Joaquín León
