SIEMPRE es triste escribir una necrológica. Pero duele más lo de hoy: hacerlo por partida doble, en homenaje a dos gaditanos que han fallecido recientemente y que merecen un recuerdo. Ignacio Moreno Aparicio y Miguel Ángel Castellano Pavón eran dos personas preocupadas por Cádiz más allá de lo razonable. Cádiz como pasión y devoción. A veces hasta con dolor. Vivieron en ámbitos diferentes, aunque interesados por la cultura gaditana, que fue un nexo común en ellos. En Cádiz interesarse por la cultura no es llorar, como pensaría Larra, sino peor: sufrir la incomprensión, a veces por envidia.

Ignacio Moreno Aparicio fue nombrado Hijo Predilecto de Cádiz. Fue un personaje importante en la Transición gaditana, ejerció como secretario del alcalde Carlos Díaz. Algunos le animaban después a presentarse a la Alcaldía, fue uno de los alcaldables imposibles de Cádiz. Pero lo suyo no era la política que se iba imponiendo con el tiempo. Ignacio veía la política como un señor, que es una forma utópica de verla. Y yo le suponía de centro izquierda para unas cosas y de centro derecha para otras, siempre ecuánime, dispuesto al diálogo y con buena educación. O sea, imposible.

Ignacio Moreno Aparicio se dedicó a la actividad inmobiliaria, lo que en Cádiz está mal visto. También está mal visto preocuparse por la cultura. Y fue presidente del Ateneo con tanta entrega que cuando dejó de serlo, mucha gente creía que lio seguía siendo. El cargo parecía vitalicio, sin que se moleste Pepe Almenara. El Ateneo era Ignacio. Su interés por Manuel de Falla, sus deseos de perpetuar efemérides con lápidas, los infinitos homenajes y actos culturales que organizó, sus paseos vestido como en la Manila colonial… Todo eso (y más) era Ignacio. Un gaditano irrepetible, al que la ciudad trató menos bien de lo que se merecía, aún siendo Hijo Predilecto.

Miguel Ángel Castellano Pavón también tenía aficiones culturales. Era un ilustrado. En el Horno de la Torre, que fue su negocio familiar, aportó una parte de su vida, que quizás se ganó para el comercio y se perdió para el arte y la cultura. En la librería La Marina, de la calle San Francisco, cuando la compró Quórum, sabía recomendar libros de todos los géneros literarios. Tenía una extensa cultura y era un cualificado investigador del arte. Sus tesis sobre la autoría del Cristo de la Buena Muerte eran defendidas con ardor. Y siempre fomentó un estilo culto de la Semana Santa gaditana que a veces se añora.

Ignacio y Miguel Ángel eran gaditanos de ley, que lucharon contra vientos y mareas por su ciudad. Pervivirán en el recuerdo y queda un vacío.

José Joaquín León