VIVIMOS hoy las vísperas de la Virgen del Carmen. La provincia de Cádiz es marinera por excelencia, se viste de fiesta en los municipios costeros venerando a la Stella Maris; pero es una devoción que va más allá, que también se celebra en Jerez y otros municipios del interior. El amor a la Virgen del Carmen, con su escapulario como prenda de salvación, se siente en los naufragios de la vida. Cada devoto o devota según sus circunstancias. La Virgen del Carmen es patrona en municipios como San Fernando, es venerada por los pescadores en Barbate, y sale en procesiones que son marineras o urbanas. En Cádiz recorre el mar y se pasea por Puntales. Y se vivirá a lo grande el encuentro con la Reina del Mar en la Alameda, en estos días de novena, y cuando mañana salga a recorrer las calles en su paso, y regrese al Mentidero en la alta noche del verano.
Sin embargo, hay otro momento más íntimo que pasa desapercibido. Es el Rosario de la Aurora anual, que salió en la mañana del domingo pasado. La Virgen del Carmen sale, pero muchos ni siquiera la perciben, porque no es la imagen del paso, sino que está presente en su simpecado.
Son las ocho de la mañana de un domingo de julio no demasiado caluroso. A esa hora la Alameda está en soledad y silencio. Apenas pasan algunas personas, sorprendidas ante lo que ven. Es un cortejo como llegado de otros siglos, dos filas de personas que van rezando el rosario. Solo se oyen las oraciones de los padrenuestros y las avemarías. Van y vuelven, por última vez, al convento de las carmelitas descalzas en Argüelles. Entre misterio y misterio, suenan los cantos del coro Virgen del Carmen, dirigido por Luis Rivero, coplas que recuerdan una coronación canónica de la que pronto se van a cumplir 20 años. Y esos 20 años no son nada, sino que son mucho, son el avance de la vida por quienes fuimos jóvenes o maduros, y sentimos el paso del tiempo, y sentimos el peso de las ausencias. Los que estuvieron, pero ya no están, en ese cortejo de dos filas que recorre la Alameda. Cada cual, con sus nostalgias, los que algún año no vinieron y han vuelto, los que no pudieron asistir este año, y el esfuerzo de los que madrugan para mantener encendida una llama de amor viva.
La Alameda se queda en silencio, cuando no se oye el eco de las oraciones. Silencio de jardines umbríos. Silencio de fuentes sin agua. Silencio de estatuas ilustres. Silencio de brisa en calma. Silencio que oculta el murmullo de las olas. La Alameda reza a su modo, sin palabras, bajo la luz de un nuevo día. La mañana tibia en la Alameda, mar y cielo, es un reflejo de amor a su Virgen del Carmen.
José Joaquín León
