VIENDO las largas colas de adolescentes, con sus camisetas azules y sus minifaldas o shorts blancos y plateados, para el concierto de Aitana en Cádiz, nos podríamos preguntar: ¿cuántas de ellas ingresarían en un convento de clausura con el pasar de los años? Puede parecer una pregunta estúpida. Pero un argumento semejante, con Ainara, se planteaba en Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que ha sido la película española más vista en los últimos meses y ganó cinco premios Goya. O se habla de una supuesta nueva espiritualidad, porque Rosalía apareció vestida como de monja. En esas colas había no pocas chicas que son católicas y capillitas, o creyentes a su modo, pero que entrarían con más comodidad en el Cuarto Azul de Aitana que en la clausura de un monasterio que siga la espiritualidad de Santa Teresa de Jesús.
Sin embargo, la culpa de que hoy se cierre el monasterio de las carmelitas descalzas en Cádiz, con la última misa, no es de esas jóvenes que sueñan con ser una superestrella. Tienen más responsabilidad las generaciones anteriores. Una sociedad que aspira a vivir de otro modo. La clausura les parece a muchas personas una forma de vida caducada, de siglos de oro, de los años de las cruzadas, de cuando las señoras que no se casaban ingresaban en el convento para vestir santos, como decían en los tiempos antiguos.
Y, no obstante, han aparecido órdenes nuevas en los últimos años. Chicas que ingresan en conventos con hábitos de estilo vaquero, para parecer modernas, mientras las órdenes tradicionales, como la que fundó Santa Teresa, agonizan por falta de vocaciones. A pesar de que podrían ser más místicas y modernas que las inventadas.
El monasterio del Corpus Christi, en la plaza de Argüelles, cierra hoy después de 120 años en Cádiz. Atrás quedan las horas de soledad y la vida comunitaria de unas mujeres que entregaron sus vidas a Dios. Los rezos tras las rejas, las tentaciones, las dudas, la certeza de que el amor puede con todo. Eran seis y murió una. Se quedaron cinco. Con seis podía seguir abierto el convento, con cinco no. ¿Y no había ninguna monja carmelita descalza en el mundo para que se trasladara a Cádiz? ¿Y no había ninguna gaditana que pudiera ingresar en ese convento? ¿No es mejor sentir la compañía en una comunidad que el vacío de un mundo hostil y desarraigado, donde predomina el egoísmo? ¿No hay soledades mayores?
Cinco monjas se irán en paz. También se irá de Cádiz hasta su Virgen del Carmen. A oscuras, sólo se quedará el recuerdo de las ausencias.
José Joaquín León
