LA muerte llegará para todos, antes o después. Pero, entre las formas de morir, la más dura de asumir es la inesperada. Entonces sentimos que la muerte ha llegado a traición, a veces con nocturnidad y crueldad, como ha sucedido con Julio González, jefe de Fotografía de Diario de Cádiz, el fotógrafo que mejor supo captar la realidad gaditana en los últimos años. Me refiero a “la realidad”, incluyendo lo que no se ve, pero está ahí, sólo al alcance de la cámara de los privilegiados con el talento fotográfico. Parece mentira que ya no publique ninguna foto más en el Diario. Y más mentira todavía me parece cuando su fallecimiento me ha sorprendido en un viaje, y es una noticia que se lee desde la lejanía, como si llegara desde otro territorio, donde el presente se mezcla con un tiempo tergiversado, incomprensible.
La muerte llegará para todos. Pero para Julio González llegó antes de tiempo. Llegó cuando todavía le quedaban muchas fotos de portada por publicar, como escribió el director, Juan Manuel Marqués, y como pude comprobar cuando le nombramos jefe de Fotografía de Diario de Cádiz en 1999, al poco de llegar yo a la dirección. Julio ha vivido para el periodismo gráfico, básicamente, y por eso ha sido el jefe de las fotografías de este periódico durante más de un cuarto de siglo. Siempre estaba pendiente de la foto, no sólo de las fotos, sino de aquella que marcaba la diferencia y establecía esa realidad de un Cádiz no siempre a la vista.
El fotoperiodismo era Julio. La palabra fotoperiodismo siempre me ha parecido cursi, y hasta discriminatoria. Porque se compone de foto y periodismo, y de alguna manera las diferencia. En el caso de Julio González, no se diferenciaba, se completaba, era eso: fotografía más periodismo. No sólo hacía una foto periodística, sino un elemento gráfico que se consagraba como el verdadero periodismo nuestro de cada día.
Se le ha valorado como gran retratista. Recuerdo que, en sus primeros años de jefe, cuando era alcaldesa Teófila Martínez, me decía que en las entrevistas ella se interesaba por sus fotos. La entrevista le podía gustar o no a la alcaldesa, pero las fotos seguro que sí. Y lo mismo se podría afirmar de los políticos de todos los partidos. A todos les sabía extraer no ya el ángulo bueno, sino ese jugo interior, ese halo que marca y define a las personas, más allá de su imagen.
Sin embargo, para mí, lo mejor de Julio González no eran los retratos, sino esa capacidad suya para obtener imágenes que nadie más sabía ver, como imposibles, y que forman parte de un Cádiz que se pierde con su muerte, pero que se quedará vivo para siempre en la memoria de sus fotos.
José Joaquín León
