LA Semana Santa de Sevilla (y la religiosidad popular, en general) no se puede entender sin el sentimiento. La secularización de la sociedad europea, la pérdida de creyentes religiosos, viene derivada de la falta del sentimiento que lleva a la devoción. Y ese es uno de los motivos por el que muchos jóvenes se están acercando a las cofradías: porque buscan la verdad, en un mundo que está lleno de envidias, mentiras e hipocresías. Es lamentable que aún se cuestione el folklore de la Semana Santa. Sin entender que el problema no está en eso. El problema llega cuando nos quedamos sólo con el folklore y no hay un sentimiento religioso. Cuando falta la devoción, sólo queda el espectáculo.

Es muy interesante una reflexión publicada por el cardenal portugués José Tolentino Mendonça, actual prefecto del Dicasterio de Cultura y Educación del Vaticano, en su libro Elogio de la sed, donde recoge los ejercicios espirituales que impartió en 2018 a la Curia, a instancias del papa Francisco. Dijo a los cardenales que, en ocasiones, desde dentro de la Iglesia, se critica la religiosidad popular “donde se dan manifestaciones como las lágrimas, las ofrendas explícitamente acompañadas de una gran afectividad, o la necesidad de tocar físicamente lo que sea”. Con frecuencia, un sector del clero las considera como devociones primitivas y necesitadas de purificación. Sin embargo, alerta contra la superioridad moral: “A veces nuestra religión es perfecta en términos formales, rigurosa, impecable desde el punto de vista teológico, pero es al mismo tiempo una religión aséptica, impersonal, practicada de una forma eficaz y neutra”. Puede haber una religión sin alma, “que no nos conmueve, ni provoca las lágrimas”, a la que quizás le sobra la actitud del fariseo, que se consideraba perfecto, pero le faltaba el amor.

El amor lleva al sentimiento, y es el motor de la religiosidad popular. Quien no lo entiende así, no puede percibir toda la grandeza de la Semana Santa. Se quedará con lo externo. O se quedará con una religión fría y burocratizada. Como dijo el arzobispo Saiz Meneses a los hermanos mayores, en el retiro de Cuaresma, a veces batimos un récord de velocidad en los rosarios. ¿Y nos paramos a pensar en lo que decimos?

Cristo valoraba los gestos de la gente humilde: la Magdalena que perfumó sus pies, la viuda que entregó las dos pequeñas monedas que tenía... El amor es siempre la clave. Nadie debe menospreciar la fe de esas personas. Se necesita formación, por supuesto. Pero de nada vale cuando falta el amor: a Dios y al prójimo.

José Joaquín León