SON pocos los artistas que consiguen pasar a la posteridad. Son pocos los que superan la dificultad de mantener viva la fama después de muertos. Leonardo, Velázquez o Picasso siguen vivos en sus obras, a pesar del tiempo. También lo consiguen algunos escultores e imagineros. Para la imaginería religiosa, importa la calidad artística y la belleza de las imágenes, pero también la unción y la espiritualidad que transmiten y que invitan a rezar. Hay casos llamativos. Juan de Mesa, por ejemplo, no existió para la posteridad hasta que se descubrió la autoría de sus principales obras. Pero bastaría el Señor del Gran Poder para abrirle la gloria.
Entre los imagineros de los siglos XX y XXI, van a sobrevivir algunos para la posteridad. Uno de ellos, de los más evidentes, es Luis Álvarez Duarte.Y no sólo por el valor artístico de sus obras, sino porque creó imágenes transmisoras de una espiritualidad que llama a la devoción y abre caminos a la fe. Ya está en la posteridad, a pesar de algunos que lo han criticado después de muerto, por envidia, incluso propagando mentiras. Con el tiempo, en el arte suele triunfar la verdad. Y, cuando pasa una generación y llegan otras, nadie se acuerda de los envidiosos mediocres, sólo de los que resisten el paso del tiempo.
En estos días puede visitarse en Almería la exposición Luis Álvarez Duarte, escultor e imaginero, que estará abierta en el Museo del Realismo Español Contemporáneo (Murec) hasta el 17 de mayo. En la exposición se incluyen más de 300 piezas del legado de Álvarez Duarte, que se encuentra cedido por su familia a la Fundación de Arte Ibáñez Cosentino de Almería, después de que no fructificaran las gestiones para que se quedara en Sevilla. La exposición muestra al Álvarez Duarte imaginero sacro junto al escultor profano. Los comisarios son Juan Manuel Martín, director del Murec, y Javier García-Luengo, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, que también han escrito los textos para el libro que se presentará en abril, junto con otro texto biográfico sobre Álvarez Duarte del que soy autor. En el ciclo de conferencias en el que participamos, García-Luengo resaltó una característica de la exposición: permite descubrir a un Álvarez Duarte escultor, que bebe en las fuentes clásicas y que en la escultura profana nos muestra una espiritualidad similar a la de su obra sacra.
Lo clásico es lo que perdura. Lo clásico no es lo antiguo, sino que es la posteridad. Y suele ser lo que diferencia la verdad de la mentira, manifestada en la fuerza de una vida capaz de superar el olvido tras la muerte.
José Joaquín León
