LOS precios de la Feria son como el sexo de los ángeles, se prestan a las más variadas interpretaciones. Podemos ver el vaso del rebujito medio lleno o medio vacío. Desde antes de que empezara la Feria, desde antes de que Oyarzábal levantara la Copa del Rey (al que pitaron los hinchas de un club que tiene el título de Real), desde antes de que saliera la carreta del simpecado de Sevilla-Sur con los bueyes por los jardines de Murillo. Desde antes de todo eso, ya se estaba diciendo en Sevilla que los precios en las casetas estarían por las nubes. Y no sólo en las casetas, sino en la calle del Infierno y en todo lo relacionado con la gloriosa fiesta de abril.
¿Y la culpa de quién es? Con las papalinas se mezcla todo. Algunos decían, con ese talante de política internacional que ahora nuestro presidente ha puesto de moda (reuniéndose con casi todos los líderes de países hispanoamericanos que insultaban a España), que la culpa de todo la tiene el cierre del estrecho de Ormuz. O sea, que Donald Trump sería el responsable último de la carestía de los precios en el Real de la Feria. Donald cae mal, y eso es una ventaja. Donald puede tener la culpa de todo. Donald es un cantamañanas, que no canta tanto como el portero Pau López en las salidas europeas, pero tiene ese espíritu cantarín y chulesco que molesta al pueblo llano. De modo que ahora hay más papistas que el Papa, desde que Trump ha consagrado a León XIV como su enemigo.
León XIV vendrá pronto a España, pero a la Feria ni se le pasa por la imaginación. El Papa ha preferido viajar 10 días a África antes que venir a Sevilla. Y el Papa no tiene la culpa de que hayan subido los precios en la calle del Infierno, que es territorio gobernado por el Maligno, como su propio nombre indica. Y, en última instancia, la subida de precios en la calle del Infierno no afecta al Vaticano. Como diría un papista, es más difícil que se salve un rico como Trump a que pase un petrolero por el estrecho de Ormuz, o un camello iraní por la aguja del Líbano.
El mundo está enloquecido y los sevillanos se consuelan en la Feria. Aquí no tiran bombas, a lo más que se llega es a la calle Bombita. Aquí el mundo se disipa entre los papistas y los morantistas, que es el pontífice del toreo, y ha rubricado con una dolorosa cogida su Feria, tras la gloria de clavar banderillas y torear desde una silla, que debe ser tan difícil como cuando pasa un petrolero por el estrecho de Ormuz. Aunque, cuando pasa un petrolero, no suena la música de Tejera, ni nadie saca un pañuelo. Así que no le echen las culpas de los precios de la Feria a los petroleros.
José Joaquín León
