HA favorecido el calendario, por esas curiosidades que regala con los ciclos lunares, que este año el Día del Libro coincida con el jueves de Feria. A ningún librero se le ha ocurrido montar casetas con libros en el Real de Los Remedios, para que el público los compre y los lea, entre rebujitos y sevillanas. Un jueves de Feria la gente no concibe que las casetas puedan servir para comprar libros. Porque esa Feria no es como la del Libro, que aquí no se celebra en abril, ni siquiera ya en mayo, sino que la pasaron al otoño, para que llueva más. En Sevilla, el Día del Libro no es como en Barcelona, donde los independentistas han propuesto que sean quemados los libros de Eduardo Mendoza.
¿Y qué herejía cometió don Eduardo para ser sometido al santo oficio de las huestes de Puigdemont? Pues que se atrevió a decir que el 23 de abril, día de Sant Jordi (aquí de San Jorge), que es el Día del Libro, no se debería desvirtuar con las soflamas independentistas. A partir de ahí, ya han empezado los azotes y tormentos. Han propuesto una quema de libros de Eduardo Mendoza. No para hoy, sino para la noche de San Juan. Critican que escribe en castellano, lo cual es una herejía añadida a sus funestas opiniones. Aunque olvidan que Mendoza es el autor de La ciudad de los prodigios, una de las mejores novelas que se ha escrito sobre la Barcelona de los siglos XIX y XX, y que es barcelonés de nacimiento y de residencia, más catalán que algunos de los conversos que ahora se parten el pecho en Junts o ERC, como pasa con los rufianes.
Y no basta con ser autor catalán. Josep Pla escribió en catalán (se le considera el mejor prosista en esa lengua) y en castellano, y apoyó la entrada de las tropas de Franco en Barcelona, pero después no cantaba el Cara al sol en el Ampurdán, y fue condecorado con la Medalla de Oro de la Generalitat. Todavía no le han quemado El Quadern gris, ni en catalán, ni traducido al castellano.
En Barcelona, hoy se regala un libro y una rosa. En Sevilla, como coincide con la Feria, se podría regalar un libro y un clavel. Al menos, aquí no han propuesto una quema inquisitorial de libros de ningún autor. Es una costumbre rancia que por fin se ha perdido. A lo más que se llega es a darse de baja en un ciclo de conferencias, para promocionar una novela, como hizo David Uclés. Ese libro trata sobre Barcelona, y está escrito en castellano, por cierto. Pero, como el autor es progresista y se lo han traducido al catalán, no se lo van a quemar.
José Joaquín León
