HA coincidido el 150 aniversario del nacimiento de Aníbal González con los 100 años de la muerte de Antoni Gaudí. Y con la visita del Papa a Barcelona para inaugurar la torre de Jesús en la Sagrada Familia. Es frecuente que se compare a ambos arquitectos, y que se diga que Sevilla no le ha concedido a Aníbal González la misma consideración que Barcelona le ha otorgado a Antoni Gaudí. Coexistieron en el tiempo, y bebieron en las fuentes del regionalismo andaluz y catalán. Cada cual con su estilo. A veces se percibe un desconocimiento o rencor con Gaudí, que hoy es una mina de millones para el turismo de Barcelona, pero que vivió sus últimos años como un mendigo y murió pobre.

En contra de lo que se supone, Gaudí no era considerado un vanguardista en la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En los tiempos del noucentisme, los intelectuales catalanes eran críticos, incluso hostiles con su obra. Entre las varias biografías de Gaudí una de las más significativas es la escrita por Josep Pla, breve, pero reveladora. Pla vivió en la Barcelona de Gaudí, y no fue su amigo, ni apenas le trató, por lo que era imparcial.

Gaudí estaba mal visto por las vanguardias de su tiempo y también por los sectores más tradicionales. Fue mantenido por Eusebio Güell, que le hizo encargos como mecenas y que le alojó en una casita del Parque Güell, donde vivió. El arquitecto, que padecía la oposición de intelectuales influyentes como Eugenio d’Ors, fue el artífice, pero también la víctima de la Sagrada Familia. Un proyecto que Gaudí no terminó, en el que se gastó todo el dinero que ganaba, y para el que pedía limosnas mientras las obras se paralizaban. Josep Pla recuerda que Gaudí, arruinado, se fue convirtiendo en un mendigo, incluso en su aspecto físico. Cuando murió, atropellado por un tranvía, al principio no se sabía que ese mendigo era Gaudí, el autor de la Sagrada Familia. Hoy es el monumento más visitado de España.

Gaudí fue desdeñado por las elites, mientras liquidaba el modelo de la catedral gótica y creaba formas inverosímiles. Su vida parece de película. Incluso su muerte, pues su tumba en la Sagrada Familia fue profanada por las hordas en la guerra civil de 1936. Gaudí es venerable, y puede que algún día sea santo. Para vestir el santo sevillano de Aníbal González no hace falta desvestir al santo barcelonés de Antoni Gaudí, que dio todo lo que tenía por sus creencias religiosas y su sueño como artista.

José Joaquín León