TANTO criticar al ministro ocurrente, Óscar Puente, por su penosa gestión del AVE, nos debería llevar a una sospecha. A lo peor, lo que están intentando es cargárselo. O, más propiamente, a los viajeros del AVE. En cualquier negocio se sabe que el primer mandamiento es tratar bien al cliente, para fidelizarlo y convertirlo en un activo. Sin embargo, en el AVE lo que hacen es justo lo contrario: maltratar al cliente, putearlo en la medida de lo posible, indignarlo, darle a entender que es un intruso, que está de más, que se le odia.

La evolución de un negocio, que aspire a prosperar, debe ir a mejor. Sin embargo, en el AVE la consigna parece que es la contraria: ir a peor. En el siglo pasado, desde Sevilla a Madrid se tardaba en torno a dos horas y media. A veces se cubría el trayecto en poco más de dos horas. Y, si había retrasos, incluso leves, efectuaban devoluciones al cliente, de modo que te podía salir el viaje gratis.

Sin embargo, ahora, cuando Renfe tiene la competencia de Iryo y Ouigo, se ha alargado la duración de los viajes, en vez de ser más breves. Tardan, como mínimo, media hora más que en el siglo pasado. Y las averías son más frecuentes. Por lo que el viajero corre el riesgo de quedarse en medio de la vía, o no poder salir, o no poder volver. Y las devoluciones, en casos de retrasos breves, se han eliminado para no arruinar completamente a la empresa.

Todo lo que debería mejorar, está peor. El negocio se va degradando. Puede llegar un momento en que el AVE a Madrid sea como el tren Expreso de los tiempos de Franco. Pero, no suficientemente contentos con maltratar a los clientes, en el tiempo y en el servicio, aún hay más.

En verano ponen el aire acondicionado a todo volumen. En los vagones del AVE se sufre un frío polar en gran parte de los trayectos. Hemos visto a viajeros pedir a las azafatas y azafatos que subieran la temperatura. Por compasión. Y no era posible. Los que viajan con indumentarias veraniegas lo pasan fatal en las siete horas que tardan de Sevilla a Barcelona. Los más prevenidos se visten en julio como si fueran a los Pirineos a esquiar.

No se ha cuantificado el número de catarros, faringitis y neumonías que han sufrido los viajeros del AVE. No se sabe si está perjudicando las cuentas de la Sanidad pública en las comunidades gobernadas por el PP. O incluso de Castilla La Mancha, que es del PSOE, pero gobierna Emiliano. Ese afán por congelar nos lleva a sospechar que acabar con los viajeros del AVE, definitivamente, es el objetivo número uno de Renfe, esa extraña empresa.

José Joaquín León