EL Diario de Cádiz siempre fue el Diario de nuestros abuelos. Así como hay una novia con la que se descubre el primer amor, también hubo unos abuelos con los que se descubrió el Diario. Hay un momento duro en la vida, en el que crees que los Reyes Magos son los padres; pero hay otro momento sentimental en el que comprendes que el verdadero Diario siempre es el de los abuelos. Cuando nació el 16 de junio de 1867, tal día como hoy, hace 150 años, es probable que Federico Joly y Velasco cumpliera un sueño. Después fue más fácil, porque desde hace un siglo y medio, todos los Joly han visto que sus abuelos eran los dueños del Diario.
Me tocó vivir como director un cambio de milenio en el Diario. Fue también el tiempo en que tuvo tres sedes en menos de un lustro. Este periódico, que parecía vivir eternamente anclado, como un cañón que guardaba la esquina de las calles Ceballos y Navas, en el corazón más puro del Mentidero, asumió unos cambios revolucionarios. Son los que han llevado desde el formato sábana y el tabloide, hasta leer en un ipad. Unos cambios que hemos asumido, como un mal inevitable, quienes pensamos que siempre nos quedará el papel para leer.
EN Cádiz no se habla de otra cosa, todos entusiasmados con el ascenso. ¿Tocará, por fin, recuperar el esplendor de los buenos tiempos? Ascender implica sacrificios, muchos años de sinsabores. Que se lo pregunten a Fernando López Gil, el delegado de la Junta que ha pasado a ser viceconsejero de Presidencia con Chiqui Jiménez Barrios. ¿Alguien piensa que ha sido fácil? Pues no. Ha pasado cinco años en el pozo. Y, para salir de ahí, ha necesitado mucha intensidad, no cometer errores que te cuestan un disgusto, aprovechar esos detalles que deciden los ascensos. Y, una vez que lo consigas, cuidado... No sea que te pase como a Gómez Periñán, que también ascendió en su momento y vivió muy buenos días en Sevilla, y ahora apoyaba a Patxi López, que era el último de la fila.
LA gente se fija en todos los detalles. Y después va largando. ¡Hay que ver las diferencias! Mientras la anterior alcaldesa, Teófila Martínez, estaba ayer en el debate de la moción de censura de pitiminí, sentada en su escaño de diputada del PP por la provincia de Cádiz, el actual alcalde, José María González, estaba en la tribuna de invitados de Podemos, viéndolas venir, aunque mucho no se vio. Es decir, se encontraba en el graderío; aunque no se comportó igual que los hooligans que sacan las pancartas en los plenos municipales y le hacen el coro a las intervenciones de la oposición. Sencillamente, había sido invitado como uno de los alcaldes del cambio.
MAÑANA, martes y 13, festividad de San Antonio, se cumplen los dos años. Fue cuando se montó el espectáculo en la gaditana plaza de San Juan de Dios, después de que el concejal más veterano, Pepe Blas Fernández, y la más joven, María Romay, le entregasen el poder, el bastón de mando, la deuda legítima y todo lo demás a ese compañero al que antes llamaban Kichi y ahora José María González. Excepto fuera de Cádiz, donde todos lo siguen conociendo como nuestro Kichi, aquel comparsista que perdimos, aquel alcalde del cambio que ganamos.