ENTRE las pocas alegrías de agosto está el triunfo del Sevilla en la final de la Europa League, tras ganar al Inter de Milán en la final. Algunos replicarán que fue una alegría sólo para los sevillistas, ni siquiera media Sevilla, pues según las estadísticas que circulan los béticos son mayoría en esta ciudad (aunque no se nota en los resultados). Pero más allá de la rivalidad, es una alegría para Sevilla, ciudad donde tiene su sede y su arraigo el club. Otrora se afirmó que los triunfos europeos del Sevilla, desde que dio aquel salto de calidad, abrían puertas para el turismo. Hoy recordar al turista suena a humor negro, en vez de blanco.
COMIENZA agosto, un mes temible en Sevilla. Otros años cerraban los negocios por vacaciones. Este año también, excepto los que ya están cerrados por ruina. Carece de mérito glosar agosto desde las playas, o elogiar sus soledades, mientras desde la ventana ves el tapón de Matalacañas o el faro de Chipiona. Agosto es el mes de los sevillanos fugitivos, que aprovechan las vacaciones, las jubilaciones, el paro, el teletrabajo, o su oportunidad para largarse. Domingos de agosto es el título de una novela de Patrick Modiano, que nos traslada a Niza en invierno. Sus domingos de agosto no tienen nada que ver con los de Sevilla, lo cito por citar algo. Los nuestros también evocan ese ambiente solitario y obsesivo que emana de la gran literatura. En los domingos de agosto sevillanos parece que va a pasar algo que nunca pasa. El tedio de las horas se disuelve como una letanía sin fin.
EN Andalucía y el resto de España lo llaman botellón, menos en Sevilla que le dicen botellona. Pues a los botellones y las botellonas también les ha llegado la hora por culpa del coronavirus. En EEUU y otros países con sectas estrafalarias apuntan diversas teorías de la conspiración sobre el origen de esta pandemia del coronavirus. Según recuerdan estos conspiranoicos o paranoicos, nos han impuesto un nuevo orden mundial. Han obligado al uso universal de las mascarillas, lo que no deja de ser un detalle sanitario y estético. En Sevilla, algunos caballeros llevan un pañuelito visible y no es para el resfriado. Pero más allá de la estética, el coronavirus sirvió para encerrar a la gente más de tres meses en sus casas, para que salieran sólo en franjas horarias de rebaño, para prohibir casi todo.
LA transparencia tiene la culpa. Algunos dicen que el Reino Unido, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y cada día más países nos tienen en el punto de mira porque aquí cuentan incluso los contagios leves con pelos y señales, y parece que la gente se está muriendo por las calles. Como siempre, la culpa es del mensajero. Pero también es verídico que depende de la forma de contarlo. Según los datos que el SAS publicó, actualizando la semana, en Sevilla no hay ningún muerto por coronavirus desde hace 20 días, igual que en Málaga; en Cádiz desde hace 21 días y en Huelva desde hace 24 días. Así que ni en la provincia sevillana, ni en las playas de la costa andaluza donde veranean los sevillanos, se ha muerto nadie por el coronavirus desde hace tres semanas. Toquemos madera, porque nunca se sabe, y algunos están acumulando méritos.
EN Sevilla siguen ocurriendo fenómenos portentosos. Una mañana llueven granizos como pedruscos en pleno mes de julio. Una madrugada del mismo mes el cielo se ilumina con un resplandor impresionante. Rara es la semana que no cruzan el firmamento dos o tres bolas de fuego. Y, por si fuera poco, el Ayuntamiento ha aprobado un documento con 88 medidas para el futuro de Sevilla por unanimidad. Es decir, que los podemitas de Adelante Sevilla y los ultras de Vox también lo han votado, junto al PSOE, el PP y Ciudadanos. De todos los fenómenos portentosos de los últimos días, este es el más impresionante. ¡Qué gran ejemplo para Andalucía, España y la Humanidad! No se recuerda una cosa igual. En el Congreso de los Diputados se retiró Vox de la comisión, y en el Parlamento de Andalucía se fue hasta el PSOE porque el presidente era de Vox. Sevilla es diferente.