UNA vez que los partidos consiguieron formar un nuevo Gobierno (con el mismo Rajoy) se ha vislumbrado el final de la nueva política, pues los que se pusieron de acuerdo eran los de siempre: el PP y el PSOE. Una vez alejado el fantasma de las terceras elecciones (que se aparecía por las noches disfrazado con un gorrito de Papa Noel) hemos entrado en los tiempos de la novísima política. Consiste en que los partidos ya no discuten con sus rivales, sino que se pelean entre ellos mismos. Sin que sepamos a qué motivos ideológicos responden, sólo que uno es de Pedro, la otra de Susana, aquella de Pablo, ese de Iñiguito, y así.

A Matteo Renzi le ha ocurrido lo mismo que a David Cameron: por pasarse de listo se le quedó la cara de tonto. Y, en justa consecuencia, dimisión y tente tieso; o sea, otro que ha caído en su propia trampa. A los dos les ha pasado lo mismo por ir de sobrados y chulear en política, que está muy mal visto en estos tiempos. Los dos convocaron unos referéndums pensando que los iban a ganar por su bonita cara, sin entender que esas consultas populares se juegan al contragolpe. En estos tiempos de la nueva política, a la gente le resulta más fácil decir no que . Antes siempre se planteaban las preguntas para que ganara el . Hoy, preguntes lo que preguntes, te dicen que no. O lo que es igual, te dicen: “Vete a … tu casa”.

LA desunión de la izquierda no la han inventado Pedro Sánchez y Susana Díaz, ni tampoco Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Una vez que se formó Gobierno, ahora se distraen con eso, de cara a sus respectivos congresos, para ver quién manda. Pero lo propio de la izquierda es la división. La izquierda unida no existe, es un gran mito, sólo funciona para conquistar el poder en los ayuntamientos, las diputaciones o las comunidades autónomas. En la izquierda (como en la derecha) lo que importa es el poder. Y se cargan hasta el PCE histórico, favorecidos por la rendición de Alberto Garzón a Podemos para ver lo que saca.

AHORA es muy fácil decir que Rita Barberá ha sido víctima de una cacería política, o pensar que seguiría viva sin la lapidación política a que fue sometida. Lo difícil es mantener la presunción de inocencia de las personas (sean del partido que sean) hasta que se pronuncien los tribunales y los condenen, o no. Y aún después, si son condenados, tener la misericordia (incluso ahora que se ha terminado el año) de reconocer que en la vida de las personas hay aciertos y errores, sin disculparlos, pero sin pisotear su memoria, incluso después de muertos, con actos despreciativos que retratan el odio y la inhumanidad de quienes los cometen.

EL acuerdo entre el Partido Nacionalista Vasco y el Partido Socialista de Euskadi (o sea, el PSOE) para gobernar en coalición no es ninguna novedad, pero incluye novedades. No es novedad porque ya se ha practicado, con bastante coherencia por cierto en los tiempos de José Antonio Ardanza y Ramón Jáuregui. Los tiempos en los que el PNV también pactó con Aznar para que gobernara el PP en España, no se olvide. Los tiempos previos al Pacto de Estella, a que Arzalluz se radicalizara, a que Ibarretxe jugara a ser más batasuno que nadie, sin entender que el PNV es más o menos lo que ahora representa Urkullu: el equilibrio para gobernar desde la ambigüedad, la derecha vasca carca que se modernizó para parecer centrista sin renunciar a lo euskaldun.