EN este país, de vez en cuando, la gente se agobia por algo hasta que se agota. Pasó con el papel higiénico, la levadura y las pesas. En Sevilla ahora está sucediendo con las vacunas de la gripe. Ha calado un frenesí entre los vacunandos y cierta alarma entre los vacunadores. Así se ha propagado la teoría de que es dificilísimo vacunarse, que no habrá suficientes para todos; y, curiosamente, también se oye lo contrario: que no habrá tantos sevillanos dispuestos a vacunarse y consumir todas las que ha adquirido el SAS. Es decir, vuelve la mitología popular sobre la carencia de algo, en este caso de las vacunas, como si hubiera cartillas de racionamiento. Y también parece que la Consejería de Jesús Aguirre se ha colapsado, en plan de sálvese el que pueda.

EN la lista negra del coronavirus andaluz han aparecido tres capitales de provincia: Granada, Málaga y Sevilla. Desde luego, no con la misma intensidad, ni con el mismo desarrollo. Recuerden que Málaga y Granada fueron las dos provincias andaluzas que ralentizaron la relajación de medidas y pasaron más tarde a la fase 1 y a la fase 2. En la segunda ola, vemos que tiene más incidencia, en general, allá donde sufrieron más muertes en la primera. Sin embargo, en Sevilla (que tenía una de las tasas de mortalidad y contagios más bajas de Andalucía, junto a Huelva, Cádiz y Almería) la evolución ha ido claramente a peor durante el otoño, según los datos de la Junta.

EL pacto del PSOE con Ciudadanos en el Ayuntamiento de Sevilla es un jaque mate para el mandato que acabará en 2023. Supondrá mucho más que un acuerdo de gobernabilidad para garantizar la aprobación de los presupuestos, las ordenanzas fiscales o algunos proyectos discutidos, en los que Ciudadanos ya se había dejado querer desde que está de portavoz Álvaro Pimentel. Se puede considerar como una jugada maestra de Espadas, que ha ganado la partida a la oposición y se asegura cierta tranquilidad. Al menos mientras Ciudadanos se mantenga como un grupo político con criterios coherentes, lo que no siempre sucede por sus desavenencias.

EL Señor sale a la plaza de San Lorenzo, al comenzar octubre, en un momento en el que se habla de la segunda ola del coronavirus, cuando cumple cuatro siglos desde que Juan de Mesa lo hizo. Puede que algunos no lo entiendan y piensen que es un riesgo innecesario, que esa misa pontifical se debería celebrar en su basílica, donde permanece encerrado como si no hubiera terminado la desescalada. Es una decisión debatida y asumida, que se puede compartir o no, pero es valiente, como su zancada abriendo caminos. Las autoridades lo han permitido y han adoptado medidas de seguridad. La Junta de Gobierno que preside José Félix Ríos ha aplicado criterios adaptados al momento. En la plaza habrá más de 300 personas, y con más holgura que en el templo; se celebra al aire libre, donde el riesgo es menor que en los espacios cerrados, según cuentan los expertos.

SE habla y se escribe mucho de Madrid, pero los datos de la pandemia en los últimos días son preocupantes para Andalucía, en general, y Sevilla, en particular. Andalucía ya apareció la semana pasada como la segunda comunidad de España con más muertos en siete días, con 51, por detrás de Madrid (87) y por delante de Castilla y León (34). Aunque los datos suben o bajan, según los días, Sevilla ya no es el oasis que fue en el tiempo del encierro. Las cifras de la confinada Casariche llaman la atención, al registrar el triple de contagiados que los distritos cerrados en Madrid. Es un municipio pequeño, en una zona no turística. Los contagios tan altos se habían atribuido “a tres bodas”. Una simpleza.