EN 2010 (cuando empezaba una década prodigiosa que nos llevaría de Zapatero a Pedro Sánchez pasando por Rajoy) decían que España era el primer país de Europa y el segundo del mundo en líneas de alta velocidad ferroviaria. Sólo superado por China en número de kilómetros, incluso por delante de otros países que presumían de sus trenes rápidos, como Francia y Japón. Fue en 2011 cuando consiguieron, con la mediación del rey Juan Carlos I, que adjudicaran el AVE de La Meca a un consorcio con empresas españolas públicas y privadas, un proyecto que se valoró en 6.736 millones de euros. El AVE español, que empezó en Sevilla, era una maravilla. Sin embargo, ahora se habla de paralizar algunos proyectos porque ha sido un derroche, y lo quieren poner en la picota.

EN este país está todo demasiado politizado. Como hay elecciones cada cuatro años, ese es el horizonte vital, la máxima altura de miras que tenemos, y nadie se arriesga a ir más lejos. Por otra parte, como la suerte de unos es la desgracia de otros, echar la culpa a los demás se convierte en cuestión esencial. La felicidad de la nación, de la región, de la provincia o del municipio importa poco, pues les interesa más la suya. Y vamos a dejar la filosofía de fondo, que sale a colación sólo para situar la gestión del virus del Nilo y el plan para acabar con los mosquitos que la han causado. ¿De quién es la culpa? Eso parece lo único importante. Cuando lo que interesa es no ver un mosquito ni en pinturas.

NO han escarmentado. En tiempos de la nueva anormalidad y la cogobernanza siguen promulgando medidas a tontas y a locas. Medidas que carecen de fiabilidad y un mínimo rigor científico. Medidas caprichosas, que se contradicen entre sí. Medidas que no atacan al coronavirus en lo esencial, que es erradicarlo, para lo que es imprescindible controlar a todos los positivos y asegurarse de que cumplen las cuarentenas. Por el contrario, siguen aprobando medidas cuyo objetivo parece que es fastidiar a la gente. El sadomasoquismo como norma de actuación. Pero con pocos resultados prácticos, como se ve en las estadísticas de España. La Junta de Andalucía se ha contagiado también, como se aprecia en las normas para bodas “y otros eventos”.

A la gente le ha dado por la poesía, aunque son malos tiempos para la lírica (como los de Brecht), y así tratan a los políticos como si fueran versos sueltos o versos libres, que también se dice. Se dijo, pongamos por caso, de Cayetana Álvarez de Toledo, sin quedar claro lo que era, ya que no es lo mismo. El verso suelto no tiene rima, pero forma parte de un esquema regular y se intercala con versos rimados, que en su caso sería el grupo parlamentario del PP, de por sí no tan poético. Mientras que el verso libre no tiene rima, ni tampoco una métrica regular, por lo que funciona como si fuera Adelante Andalucía, cada cual según. También existe el verso blanco, que tiene una métrica regular, pero ninguno de sus versos rima. Es lo que le está pasando a Vox.

ENTRE las pocas alegrías de agosto está el triunfo del Sevilla en la final de la Europa League, tras ganar al Inter de Milán en la final. Algunos replicarán que fue una alegría sólo para los sevillistas, ni siquiera media Sevilla, pues según las estadísticas que circulan los béticos son mayoría en esta ciudad (aunque no se nota en los resultados). Pero más allá de la rivalidad, es una alegría para Sevilla, ciudad donde tiene su sede y su arraigo el club. Otrora se afirmó que los triunfos europeos del Sevilla, desde que dio aquel salto de calidad, abrían puertas para el turismo. Hoy recordar al turista suena a humor negro, en vez de blanco.