EL estado de alarma ha durado 100 días, ha llegado hasta el comienzo del verano. Pedro Sánchez se queda muy contento (a pesar de los muertos por contar), porque él ha salvado el pellejo. En Sevilla empieza un duro verano, y para hoy han previsto una máxima de 41 grados. Domingo triste, de calles vacías y sudor en soledad. Los únicos remedios contra el coronavirus han sido el confinamiento y el calor. Es decir, encerrar a la gente y ganar tiempo. Con eso paliaron el caos de la falta de mascarillas y equipos de protección en los primeros momentos, así como las facilidades dadas para los contagios. Primero, favoreciendo concentraciones como las del fútbol profesional y el 8-M, cuando el coronavirus ya había llegado a Europa (y a España, donde aparecieron casos en febrero). Y segundo, con el caos en los hospitales, que se convirtieron en un foco de contagios, con una carga vírica terrible, y con sanitarios enviados al martirio. Y tercero, por ser incapaces de poner cortafuegos en algunas residencias de ancianos, donde han muerto miles de personas (no se sabe cuántos), en muchos casos porque introdujeron el virus cuidadores y visitantes asintomáticos.

LA gente está loca de contenta, algunos incluso dando volteretas por las calles vacías del barrio de Santa Cruz. Mañana entraremos en la nueva anormalidad, llamada la nueva normalidad por el Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Andalucía vuelve a ser competente, y dependerá de las normas de Juanma Moreno y Juan Marín, que lo publicarán en el BOJA, si bien con las reservas del Gobierno, que no renuncia a contar muertos y cosas así. Entre los logros del nuevo momentazo, destacaría que ya no hay que desescalar nada, pues hemos llegado al fin de la cita y al fin del precipicio. Algunos negocios se han despeñado a tumba abierta, aunque no todos.

EL Santísimo Sacramento volverá esta noche a su capilla de la parroquia de San Lorenzo, que ha sido restaurada tras un año y medio de trabajos. El párroco, Francisco de los Reyes Rodríguez López, en el acto de presentación a los medios de comunicación, recordó que lo más importante no es el extraordinario valor histórico artístico que tiene esa capilla del Sagrario, una joya de la pintura mural y el arte sevillano, sino que fue construida para dar culto al Santísimo. Una Hermandad Sacramental, siguiendo la locura eucarística que se atribuye a Teresa Henríquez, se empeñó en construir esa impresionante capilla (en realidad, son dos unidas), que tiene un excelente retablo dedicado a la Eucaristía y a la Virgen, con la bellísima Inmaculada italiana atribuida a Nicola Fumo, y en la que llaman la atención las recuperadas pinturas murales que inició Francisco Pérez de Pineda, y que culminó Domingo Martínez, junto a Gregorio de Espinal en 1718.

EN todas las crisis hay ganadores y perdedores. Es posible que después del coronavirus haya perdedores y fulminados. Por eso, es importante que Sevilla se lo tome muy en serio. Por sus características económicas y sociales tiene demasiados puntos débiles. Es bonito el optimismo de cara a la galería del arte, pero debemos ser realistas y asumir que lo peor está por venir. Ayer iba a ocurrir un milagro en Castilla y León: un pacto de reconstrucción, con 85 medidas firmadas por todos los partidos, a instancias del presidente, Alfonso Fernández Mañueco, del PP, que cogobierna con Ciudadanos. Al final, se arrepintieron dos diputados: el de Vox y el de Unión del Pueblo Leonés, pero lo firmaron los portavoces de PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos.

EL mercado funciona así, a su manera. Todavía quedan algunos restos del capitalismo, que ha sobrevivido a la pandemia, y que no depende de grandes multinacionales. No son personas como Ana Patricia Botín o Pablo Isla, que le dicen al Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias lo que deben hacer, o como Antonio Garamendi, el presidente vasco de la CEOE. Los presidentes de los organismos empresariales y de las altas finanzas suelen ser vascos o catalanes, del sector no independentista, lo que les aporta un carisma heroico. Pero no me voy a referir a las altas finanzas, sino a las bajas, a eso que denominan la economía sumergida, que tan importante resulta en Sevilla, ciudad con tendencia al submarinismo económico. Según las estadísticas piratas, supone más del 30% del PIB local. Las nuevas guarderías son otro ejemplo.