HUBO un intento, que no prosperó, para batir el récord Guinness de las barbacoas. Al final, las barbacoas perecieron en el intento. Pero ahora es mejor: podemos batir el récord Guinness de echar entrenadores de fútbol. En apenas cinco meses (con las vacaciones por medio), el Cádiz ha echado a tres entrenadores: Gaizka Garitano, Sergio González e Imanol Idiákez. Puede ser que el cuarto entrenador, Albert Celades, no se coma los polvorones, como se decía antes; o ni siquiera los huesos de santo en noviembre, el mes de los difuntos. Con la trilogía de eclipses, que ya ha comenzado, están ocurriendo fenómenos que nunca vimos.

AL Trofeo lo están matando a cámara lenta. Los de la memoria democrática ya ni siquiera piden que le cambien el nombre. Se sigue llamando Trofeo Ramón de Carranza, como en 1955, cuando lo inventó el alcalde José León de Carranza. Construyó un estadio nuevo, al que se mudó el Cádiz CF, y creó un Trofeo, pero no permitió que lo jugara el club de la ciudad. ¿Por qué? La idea del alcalde era que lo disputaran equipos de primer nivel nacional e internacional. Y al Cádiz no se lo permitieron hasta que ascendió a Primera División, en 1977. Esa historia es conocida. Se apunta sólo para recordar que lo de este año no es el Trofeo de los trofeos, no es el Carranza. Es un mamarracho, que dirían algunos políticos.

CUANDO Luis María Anson era director de ABC, escribió que se debe valorar y elogiar el mérito allá donde se encuentre. En el periódico de los Luca de Tena, entonces bastión de la monarquía liberal, escribió José María Pemán muchos años. Anson fichó como columnista a Francisco Umbral, escritor afín al PCE, que pasó de El País a ABC y después a Diario 16 y El Mundo con Pedro Jota Ramírez. Por cierto, Umbral definió a Pemán como uno de los mejores articulistas españoles del siglo XX. En aquellos primeros años de la democracia instaurada, se tenía claro que, en la literatura, existen buenos y malos escritores, más allá de sus ideas.

UNO de los principales problemas de Cádiz es que se está perdiendo la tolerancia. Cádiz es una ciudad tolerante. Desde los años de la Transición, quizás incluso en los últimos tiempos del franquismo. Era uno de sus signos de identidad, una herencia de su pasado liberal, un símbolo de la huella que dejó la Constitución de 1812. Y fomentado también por el Carnaval. Esa tolerancia ha favorecido la convivencia entre personas de diferentes ideologías, de derechas e izquierdas, religiosos y ateos, gaditas y forasteros. Las ideas no se aplicaban con sectarismo excluyente. Y cualquiera puede tener amigos de todas las ideologías.

HA pasado sin pena ni gloria el derribo de la Verja en Gibraltar. Resulta curiosa esta indiferencia. Ha faltado pompa y boato. Acudió el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recién empurado su hermano, por escaquearse en el trabajo tras ser enchufado. Como tantos absentistas, dirán los empresarios indignados con el Gobierno. Acudió el presidente se hizo una foto junto al ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, y otros señores que pasaban por allí. Todo dentro de lo políticamente correcto. Pero dejando muchas dudas para el futuro, en relación con el acuerdo que se firmó de cualquier manera para paliar los efectos del Brexit en la colonia británica.