AL llegar el Domingo de Ramos se siente, en toda su crudeza, el alcance de la pandemia del coronavirus. Andalucía es la comunidad más castigada de España en lo económico. A pesar de que en lo sanitario, dentro de lo malo, está saliendo mejor que otras. Según los datos de ayer, es la séptima comunidad en número de muertos, 426 personas (en España ya son 11.744 fallecidos), aunque es la que tiene más habitantes. La incidencia del coronavirus es mucho menor que en Madrid, Cataluña o las dos Castillas, donde se acumulan la gran mayoría de los casos. El mayor foco andaluz está en la provincia de Málaga, aunque es curioso que la menor incidencia se da en otras tres provincias costeras: Cádiz, Almería y Huelva.

UN sector de la oposición (y de la no oposición) está pidiendo medidas más drásticas al Gobierno. En estos momentos, con 832 muertos al día, haría falta que rodara alguna cabeza (políticamente hablando), y la de Salvador Illa tiene muchas papeletas en la rifa. Se sabe que las cabezas apaciguan a las masas, y salvan a los verdaderos responsables muchas veces. Es lo que sucede en los clubes de fútbol. Echan al entrenador, cuando llegan los malos resultados, y así salvan la cabeza del presidente o del director deportivo, que a veces son tan culpables como el entrenador. El ministro Illa no es el entrenador, pero sí la cabeza que tienen a mano.

UNO de los motivos por los que el coronavirus se extendió por Wuhan y la provincia o región de Hubei fue la imposibilidad de atender todos los casos. Decenas de personas morían cada día por falta de atención médica, ante la incapacidad para asistir a tantos pacientes en los hospitales. Tras los graves errores y la falta de previsión, las autoridades chinas asumieron las necesidades de los médicos. Construyeron dos hospitales gigantescos casi de la nada, dotaron de material suficiente, cerraron la ciudad de Wuhan y toda la región de Hubei con un cordón sanitario. Aislaron allí a 56 millones de chinos. Los demás residentes en el país, hasta sus 1.300 millones de habitantes, fueron sometidos a rígidas medidas. Se quedaron en casa, pero quienes salían o atendían servicios iban protegidos con mascarillas, guantes y casi plastificados. Se medía la temperatura a todos en edificios y espacios públicos. Las calles eran desinfectadas a diario…

LA asistencia de Pablo Iglesias al Consejo de Ministros de ayer es impresentable. Debió seguir la cuarentena, ya que su pareja, la ministra consorte Irene Montero, está enferma con el coronavirus. Este señor tiene derecho de pernada para todo. Se han burlado de los españoles, a los que están pidiendo sacrificios enormes, que se queden en casa aunque estén sanos, que se arruinen voluntariamente en muchos casos, y otras desgracias así. La salud es lo primero y no parece el mejor momento para las broncas de partidos, pero si Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tuvieran un mínimo de dignidad política deberían dimitir en cuanto sea posible. La diferencia de criterios entre el PSOE y UP forzó la asistencia de Iglesias, que se sentó sin mascarilla (como se aprecia en las imágenes difundidas) al lado del presidente.

LAS mujeres han conseguido importantes avances sociales en los últimos años, aunque aún no se ha normalizado la igualdad. Al Día de la Mujer de 2020 llegan en mal momento, por un motivo básico: el feminismo está controlado por los partidos políticos. A ellos no les interesan los derechos de la mujer, sino los votos, y han visto un filón en la manipulación de las reivindicaciones feministas. Si las mujeres no lo remedian, este será el mayor obstáculo que se van a encontrar en los próximos años. El feminismo clásico ya no existe. Ha evolucionado desde Simone de Beauvoir, y encuentra dificultades de identidad para adaptarse al mundo de hoy.