SE le debe reconocer a Pablo Iglesias un éxito político que no puede empañar su salida por peteneras: ha puesto de moda el populismo. Llegó en el momento oportuno, después de Zapatero y con una crisis por medio, y aprovechó el movimiento de los indignados. Miles de ciudadanos compartían la indignación, en una España arruinada por ZP y sumida en la austeridad por Rajoy para evitar el rescate. Pero los podemitas no han buscado remedios para la indignación, ni desde la oposición, ni desde el poder. Por el contrario, han creado nuevos modelos de enfrentamientos y han recurrido al populismo y al odio ideológico como motor de una lucha de clases reciclada. Ya no es marxismo al estilo antiguo, ya no es la revolución, sino algo más sutil: conseguir el poder para seguir culpando de los males a otros y aumentar el odio para perpetuarse.

LA oposición todavía no ha conseguido que un ministro dimita por un escándalo. Los relevados cayeron por su propio peso, cuando le estorbaban a Pedro Sánchez. Y en el sector de Unidas Podemos, a pesar del descrédito personal que llevan, sólo ha renunciado el vicepresidente Pablo Iglesias, cuando seguir ya era un estorbo hasta para él mismo. Así que a pesar de la última polémica, tampoco van a echar al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, que tiene derecho de pernada para todo: para acusar de homófobos a los varones españoles, para insinuar culpables en el caso de las cartas con balas o en el de la falsa denuncia de violencia homófoba, para expulsar sin garantías a los menores marroquíes, etcétera.

PARA la sexta ola de la pandemia sería conveniente que pusieran en marcha una legislación adecuada, que acabe con el cachondeo aleatorio de los tribunales, y que empiece a funcionar el carné del vacunado. Entre otras medidas necesarias, para evitar los errores cometidos en las cinco anteriores. ¿Pero vamos a tener una sexta ola? El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, al que ahora critican el bronceado (será por criticar) ha sacado pecho para presumir de que somos el país con más porcentaje de vacunados. No es cierto. Y cada vez que presume de algo, ya se sabe lo que pasa: lo mismo que con las mascarillas de quita y pon. Y lo peor no es eso, sino lo que dijo la eminente viróloga Margarita del Val, que es la que va dando pronósticos fiables, y la que debería ser la referente de la pandemia, en vez del cantamañanas que tanto se ha equivocado.

TANTO duplicar las palabras, tanto hablar de ellos y ellas, y de las socialistas y los socios listos, para que llegue Joe Biden (el presidente más feminista de la historia de los EEUU, que iba a ceder el cargo pronto a su vicepresidenta Kamala Harris), y deje tiradas y sin futuro a las niñas afganas. Eso están diciendo algunos y algunas, porque ha sentado fatal lo ocurrido en Afganistán con los talibanes. El presidente Biden huye a lo loco. Y con un feroz atentado terrorista para despedirlo con muertos. Sin tener en cuenta que en ese país se quedan criaturitas, ahora condenadas a llevar el burka de por vida, a estar sometidas a sus señores machos, a no estudiar ni conducir ni bañarse en público. Y es verdad que ya no estamos en el tiempo de las cruzadas, ni vamos a reconquistar Jerusalén, ni a recuperar Constantinopla. Pero salir así de Afganistán hubiera sido impensable con la familia Bush, pongo por caso.

LAS residencias de mayores vuelven a ser un foco de mortalidad en la pandemia del Covid en España. Sólo en la semana pasada murieron 150 ancianos en las residencias. En marzo, el Gobierno confirmó la defunción de 29.408 mayores de estos centros en el primer año de la pandemia. Fueron los primeros en vacunarse, lo que parecía justo y necesario. Tras las vacunaciones creímos que era un problema resuelto. Sin embargo, desde el 1 de abril al 30 de junio fallecieron 349 ancianos por Covid en residencias, según fuentes oficiales. Y en la última semana han registrado 150 muertos. No es igual que en el primer año de la pandemia, pero algo está fallando. Centenar y medio de muertos no es una anécdota.