HA vuelto el oro de Moscú, ese poder omnipotente que se atribuye a los rusos. Obama, en su recogida, ha resucitado la memoria histórica de la Guerra Fría y ha culpado a Rusia de facilitar la victoria de Donald Trump. Todo para fastidiar a Hillary Clinton, todo porque el Partido Demócrata se la tenía jurada a Putin. ¿Quién nos iba a decir que Obama terminaría como Franco? Pues así ha sido. Ahora culpa de los males americanos al oro de Moscú y a los puñeteros rusos. Sólo faltaría que se ilumine la lucecita de El Pardo en la Casa Blanca.

NI yo soy san Pablo, ni vosotros sois los corintios. Pero llegado el Nuevo Año procede reconocer que por la voluntad de Dios estáis llamados a ser santos. Y por el camino que vais (que no es el de Damasco con los bombardeos) parece improbable que os caigáis del caballo, a pesar de que ya os habéis estrellado con las cláusulas suelo. Por ahí quería empezar, ya que se ha publicado que os va a costar el 25% de los beneficios, lo que significa que aún os quedará un 75%, que tampoco está tan mal. Recordad lo del rico, el camello y la aguja. Así, más ligeritos de equipaje, vais a tener un 25% más de posibilidades de pasar.

EN la posNavidad todos los años se habla del discurso del Rey. Aunque sea para advertir que lo han visto menos españoles que nunca. Tampoco son tan pocos, pues en Andalucía tuvo una cuota de pantalla del 68,1%. Y en toda España lo vieron 5.822.000, que es el promedio de un partido de octavos de la Champions League con el Madrid o el Barça. Si no ha batido el récord de la final del Mundial de Sudáfrica 2010, cuando España se proclamó campeona, se debe a que la gente se ha acostumbrado a la salsa rosa en televisión. Y también a que el Rey anterior, Don Juan Carlos, soltaba algo curioso de vez en cuando. A Don Felipe le escriben unos discursos muy políticamente correctos. Si dijera “Mariano es un carota, Pedro era un gafe, Pablo es un chufla y Albert es un pusilánime”, seguro que subiría la audiencia. Y se debatiría sobre esos conceptos, sobre todo pusilánime, que mucha buena gente no sabe lo que significa.

HOY se cumple un año de aquel 20-D que abrió la etapa de la nueva política. Después de cuatro años de Gobierno de Rajoy, con mayoría muy absoluta, se quedó el Congreso de los Diputados que no lo reconocía ni la madre que lo parió. Seis meses después llegaron las segundas elecciones; y se había amenazado con las terceras para el domingo próximo, día de Navidad. Como todo el mundo sabe, se evitó a tiempo. Y a día de hoy sigue Rajoy, aunque muy dialogante. En un año aprendió que hay que pactar hasta con los leones del Congreso. De manera que el PP, siendo los mismos, ya no es lo mismo. Ni los demás tampoco.

UNA vez que los partidos consiguieron formar un nuevo Gobierno (con el mismo Rajoy) se ha vislumbrado el final de la nueva política, pues los que se pusieron de acuerdo eran los de siempre: el PP y el PSOE. Una vez alejado el fantasma de las terceras elecciones (que se aparecía por las noches disfrazado con un gorrito de Papa Noel) hemos entrado en los tiempos de la novísima política. Consiste en que los partidos ya no discuten con sus rivales, sino que se pelean entre ellos mismos. Sin que sepamos a qué motivos ideológicos responden, sólo que uno es de Pedro, la otra de Susana, aquella de Pablo, ese de Iñiguito, y así.