EL hábito no hace al monje, pero le da aspecto de monje. Lo mismo digo de las monjas. Para eso inventaron los uniformes, que tienen un significado en la vida civil, militar y religiosa. Los políticos contemporáneos se disfrazan a diario. No sólo en Carnaval, como en Cádiz. Casi todos interpretan un papel, que encuentra un complemento en la estética personal. La coleta de Pablo Iglesias, la barba de Rajoy, el corte y depilación de Pedro Sánchez, o el aspecto de muchachito bueno de Albert Rivera no se deben a la casualidad. Por lo común, con la nueva política, ha vuelto la vieja: la de Suárez y Felipe, con la estética de los hombres guapos, los galanes, donde Fraga y Carrillo perdían con desventaja clara. Desde que ha vuelto la guapura, Inés Arrimadas ha subido como la espuma y Mariano Rajoy cae en picado. No es un efebo y eso también cuenta.

LA lucha entre el PP y Ciudadanos por la supremacía del centro derecha ha abierto un escenario confuso de incierto futuro. Puede derivar en elecciones anticipadas, si el enfrentamiento entre Rajoy y Rivera llega a las últimas consecuencias. En teoría, el momento es bueno para Ciudadanos y malo para el PP. Como la decisión depende del Gobierno, Rajoy intentará que las elecciones no se convoquen antes de diciembre de 2019. Pero puede haber sorpresas, según evolucione el ambiente en los próximos meses. La pugna por el centro y la derecha no es una novedad en la política española. Sin embargo, sería una simpleza y un error pensar que estamos como en los tiempos de la UCD de Suárez y la AP de Fraga.

EL feminismo, tal como se plantea en la política, tiene el inconveniente de la generalización y el riesgo del equívoco. También de sus contradicciones porque no existe un modelo canónico. A diferencia del marxismo, que venera a Karl Marx como profeta, en el feminismo desde Simone de Beauvoir a Caitlin Moran y sus imitadoras cualquiera que escribe algo ya se considera una autoridad. No existe un feminismo ortodoxo, sino diversas formas de reivindicarlo. Tienen razón en lo esencial, que es la igualdad de la mujer con el hombre. Hay que apoyarlas en lo que suponga lucha contra toda marginación. Pero, a veces, las formas de explicarlo no son las más convenientes para la causa de la mujer, sino al revés.

EL ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, habló de un pacto por las Infraestructuras de España. Susana Díaz le respondió insistiendo en la supresión del peaje de la autopista AP-4 Sevilla-Cádiz. Es una forma primitiva de ver el asunto. Un pacto por las infraestructuras es necesario. Pasa como en la sanidad, la educación y las pensiones, que forman el núcleo esencial del Estado social del Bienestar. A esto se debe añadir la lucha contra el terrorismo y la defensa. Algunos dirán: ¿entonces no se puede discrepar? Sí, pero ocurre como con la Constitución: un Estado democrático necesita unos acuerdos básicos respetados por todos. En caso contrario, funcionará con vaivenes, y propondrán paridas irrealizables.

LA reciente visita del ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, a la presidenta de la Junta, Susana Díaz, ha sido protocolaria y fotográfica. En el Estatuto de Andalucía se recogía la singularidad del caso de Gibraltar, que en otro escenario utópico podría formar parte de esta nuestra comunidad. Sin embargo, la capacidad de acción entre Gibraltar y Andalucía está limitada, porque quienes pueden agarrar la sartén por el mango, como dicen ellos, son los gobiernos de España y el Reino Unido. No obstante, antes y después del Brexit, el principal problema de Gibraltar son los gibraltareños. No sólo tienen una Verja, sino también una venda delante de los ojos.