AL valorar la temporada 2018-2019 queda una sensación triste. Es lo que sucede cuando no hay un final feliz. El Cádiz, en los tres últimos años, comenzó en busca de la salvación. El Cádiz, en los tres últimos años, terminó con la sensación de que pudo ascender a Primera División y no lo consiguió. En 2017, cuando era un recién llegado de la Segunda B, y cuando terminó la temporada como quinto clasificado, la sensación era positiva, porque superaron lo esperado y  pelearon por subir hasta la penúltima oportunidad. Pero la sensación de las dos últimas temporadas no es igual. En 2018, el Cádiz estaba virtualmente clasificado, y lo perdió por un gol en el minuto 92 del Cádiz-Tenerife en Carranza, y por el mal partido en Granada de la última jornada. Este año ha sido todavía peor.

ALGUNOS cadistas, al valorar a Álvaro Cervera como entrenador, lo ponen a un nivel como si fuera Pep Guardiola o Jürgen Klopp. No es para tanto, ni tampoco es un zoquete. Es un entrenador de buen nivel para la Segunda División, donde los hay mejores y peores. Es un entrenador que todavía no ha ascendido a ningún equipo a Primera, ni lo ha clasificado con más de 70 puntos. Al Cádiz lo ascendió en 2016 desde Segunda B, de forma meritoria. Y después, en la categoría de plata, lo clasificó en 2017 para las eliminatorias de ascenso (cayó a la primera); y se ha quedado fuera las dos últimas temporadas, tras penosos finales, en los que desperdició su ventaja.

ERA casi imposible que el Cádiz consiguiera el milagro de disputar las eliminatorias de ascenso. Esa oportunidad se tiró a la basura el pasado martes en Carranza, con la derrota ante el Extremadura. Sin embargo, en Gijón, el Cádiz volvió a mostrar su impotencia, el bajón psíquico con el que ha llegado a los dos últimos partidos. Es triste, porque en Granada hizo lo más difícil. Ha ocurrido lo mismo dos temporadas seguidas. No ha sido por casualidad. Es un fracaso, sí, porque la permanencia ya estaba casi asegurada en enero, cuando el Cádiz fichó a Machís para buscar el ascenso. No se debe engañar a la afición.

EL Cádiz demostró que no se merece jugar las eliminatorias de ascenso a Primera. Con un empate hubiera mantenido el sexto puesto, pero perdieron ante el Extremadura, que no se jugaba nada, aunque se les vio motivadísimos, vaya tela, corriendo hasta con calambres como si les fuera la vida. La forma de perder del Cádiz fue un mamarracho futbolístico. Un gol regalado y una sensación de impotencia tristísima. Se han desinflado cuando había que dar el do de pecho, como la temporada anterior.  En los últimos seis partidos, el Cádiz ha conseguido cinco empates y una derrota. Tampoco tuvieron suerte, les perjudicó incluso el aplazamiento, que dejó al Cádiz sin Machís, el único que hubiera podido enmendar algo.

LOS jugadores del Cádiz han conseguido que ni Osasuna ni Granada le festejen el ascenso en sus narices. El empate de ayer es más valioso que el del domingo anterior en Carranza. El Cádiz salió con todo en contra. La afición granadina había llenado el estadio para celebrar una fiesta. El árbitro canario Pulido Santana estuvo nefasto en el primer tiempo. Lo peor fue el gol concedido al Granada, tras una clamorosa falta a Lekic. Cuidado, que estamos en los días de gloria de los árbitros de Segunda. Ya se ha visto lo que puede pasar. Menos mal que el zapatazo de Aketxe hizo justicia.