ENTRE todas las formas de ser gaditano, una de las que tiene más mérito es la que eligió Michael Robinson: por un flechazo de amor. Se lo dio Cupido, vestido de amarillo, en la liguilla de la muerte que inventó Manuel Irigoyen en 1987, cuando ampliaron la Primera División. Aquella liguilla la disputaron Cádiz, Osasuna y Racing de Santander. Así consiguió Irigoyen que se salvara el Cádiz, que había sido último, y que descendiera el Racing, que fue penúltimo. Robinson vino a Cádiz con Osasuna. Yo recuerdo aquel partido, con un vendaval de levante horroroso, y con David Vidal en el banquillo a su modo. A Michael le llamó la atención lo que se encontró en Carranza, que ya por entonces tenía un ambiente digamos que pintoresco.

SEGÚN lo que hemos visto en los últimos días, existe un serio peligro de que los casos de coronavirus sufran una segunda oleada. Esto hay que decirlo y explicarlo a la gente. Lo deben evitar ahora, para no lamentarlo en mayo. Y, desgraciadamente, viendo las intervenciones del ministro de Sanidad, Salvador Illa, se nos ponen los vellitos de punta. Es igualito que Pedro Sánchez. Se dedican a poner excusas para justificar sus responsabilidades. Para no cargarse eso que llaman la desescalada, hay dos cuestiones básicas: Primera: Cortar la cadena de propagación de la epidemia, detectando a los asintomáticos. Segunda: Cumplir todos (incluso Pablo Iglesias) las medidas de seguridad personal. Sin eso, podemos estar confinados hasta el verano y con miles de muertos más en España.

LAS playas de Cádiz han vuelto a abrir al público, para el paseo de los niños. Aunque siguen con bandera roja para prohibir el baño. Ha sido un gran acierto del alcalde adoptar esta sabia medida. En las normas para la desescalada del confinamiento, se le debe reconocer que ha estado más en plan de José María González Santos que como camarada Kichi. Es decir, ha adoptado una decisión al servicio del bien común. En Cádiz viven pocas personas a más de un kilómetro de la playa o de un paseo marítimo. Así que prohibirlas, como he comentado en otras ocasiones, no sería de izquierda, ni de derecha, sino una carajotada. Yo no entiendo por qué otros alcaldes de la Bahía mantienen cerradas sus playas a la infancia.

A medida que pasan los días, se van conociendo algunos aspectos de cómo será la vida cuando no haya confinamientos. Por ejemplo, parece seguro que podremos ir a la playa en verano. Si bien, como era de temer, con algunas restricciones. De modo que en Cádiz perderemos la tradicional estampa de la familia salerosa, que llega el domingo a las dos de la tarde a la playa y te clava la sombrilla justo a medio metro. A partir de ahí, te enteras de la vida y milagros de la amable familia en cuestión. A veces incluso de detalles colindantes con lo escabroso. Yo he conocido algunos pormenores raros, precisamente por ese motivo. Los hay que disfrutan con esos cotilleos. A partir de ahora, serán guardadas las distancias de seguridad.

CUANDO pase el tiempo, cuando la pandemia del coronavirus sea un mal recuerdo para las actuales generaciones, habrá que valorar con perspectiva lo que está ocurriendo. Es seguro que entonces la gente se horrorizará, todavía más, por las negligencias y torpezas cometidas. Entre ellas, una de las más intolerables es haber mandado al personal sanitario a luchar contra la pandemia en unas condiciones indignas, que recuerdan a los romanos cuando echaban cristianos a los leones. A ellos los han empujado al martirio del coronavirus. El caso de las mascarillas fake que entregaron a los médicos y enfermeros, y que ha producido contagios en los hospitales de Cádiz y Jerez, no se puede despachar como una equivocación, sino que deben depurar las responsabilidades.