HA sido curioso el proceso participativo de los Juanillos de 2020. En pleno jaleo del estado de alarma, el 18 de mayo, el Ayuntamiento de Cádiz abrió la inscripción para el tradicional concurso de mamarrachos susceptibles de ser quemados. El plazo concluyó el 1 de junio, resultando que el número de juanillos inscritos fue: cero patatero. Como si estuvieran de cuarentena con el Covid 19. Y los animosos grupos y asociaciones que otros años se lanzaron a las quemas organizadas, en esta ocasión pasaron del asunto. Cádiz se iba a quedar sin esta gran noche. ¿Juanillos con mascarillas? No, gracias. Sin embargo, ahí apareció el Ayuntamiento de Cádiz para anunciar que habría Juanillos, si bien remodelando la fiesta.

A propósito de la polémica por las terrazas de los bares entre el Ayuntamiento y los hosteleros, se debe recordar que Cádiz es muy chiquito. Eso forma parte del problema. Cádiz es como una isla formada por dos (Erytheia y Kotinoussa, a las que ahora llaman Eritea y Cotinusa), que incluso tenían un canal. Sin abundar en la historia, que ya la hemos contado otras veces, Cádiz no es como Nueva York o Shanghái, ni siquiera como Madrid. Ni tampoco como Barcelona, ya que las playas de Cádiz son mejores, y es preferible la Caleta a la Barceloneta. En resumen, pues sí: Cádiz es chiquito y eso condiciona todo. También los aforos playeros en pleamar.

ALGUNAS de las noticias locales que publica el Diario se deberían incluir en la sección Tristezas. Son noticias para pasodobles o tangos. Del tipo: “Torrot renuncia a su fábrica de Cádiz”, “Zara huye de la calle Columela y algunas más se lo piensan”, “Cierra el bar Las Palomas, pero en octubre será peor”. Todo de ese tipo, sintomático de la decadencia en los tiempos del coronavirus. Ahora se está avivando otra polémica, entre Martín Vila, en nombre del Ayuntamiento, y Antonio de María Ceballos, en nombre de los hosteleros, por la ampliación de terrazas de los bares. Asunto complejo, en el que ambas partes tienen razón. A medias...

SE suele decir que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Con eso se recuerda que el mundo no es un paraíso, pero que las cosas van pasando de modo que aparecen salidas donde no las había. A veces se acierta por error, o sin darnos cuenta. Es lo que le ha pasado al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que ha fijado el 16 de julio para el Homenaje de Estado a los fallecidos, y también a las personas que han luchado contra el coronavirus. Ese día 16 de julio (como todo el mundo sabe en Cádiz y sus municipios costeros) es la fiesta de la Virgen del Carmen. Además de ser la Estrella de los Mares para los náufragos, es la Mediadora que con su Escapulario salvará a quienes tengan fe. En esta pandemia le han dado mucho trabajo salvífico, por lo que viene bien que las víctimas sean recordadas en su día.

LA cosa empezó por un policía de Minesota que mató a George Floyd, un hombre de raza negra, detenido en Mineápolis. Imágenes vergonzosas y alarmantes, que en las televisiones repiten detrás de nuestro estado de alarma, con algunas consideraciones anexas sobre Donald Trump. De ahí se ha pasado, tras varias vicisitudes, a la Colonofobia, a la que se adhirió con entusiasmo Teresa Rodríguez. A cuento de que en varias ciudades derribaron estatuas de personalidades como Cristóbal Colón. A ella le pareció bien quitar del panorama a don Cristóbal, aunque en Barcelona (donde tiene un precioso monumento) Ada Colau no está por la labor. Hasta ahora la Colonofobia de algunos podemitas se reservaba para el 12 de octubre, fiesta de la Hispanidad. Este año no la han suspendido, como las ferias y romerías, sino que han anticipado las declaraciones.