LA buena gente está que se sube por las paredes con la comisión bananera para el nombre del estadio. Los nombres más votados eran Carranza y Ramón de Carranza, pero los colegas de Kichi decidieron cambiar las normas sobre la marcha, y eliminar todos los nombres propios, para que el estadio se llame Tacita de Plata o algo pamplinoso. Es una vergüenza para Cádiz, pero es preferible tomárselo de cachondeo, y que la señora Mara lo tenga en cuenta a la hora de sus votaciones y también para las mociones de censura. Sin embargo, lo peor no es eso, sino que parece que está en marcha la venganza del Carranza, y esto puede ser tremendo. De miedo. Habemus gafe. Y de los gordos.

HOY vuelve a jugar el Cádiz un partido en Primera División. En el estadio Carranza, sin público, por el coronavirus. Con una plantilla que no es la definitiva, ni parece a la altura de las circunstancias. En este verano hubo elogios a los artífices del ascenso. A los jugadores que marcan y evitan los goles, al entrenador Álvaro Cervera que decide las alineaciones y las estrategias, a los aficionados que animaron y se resignaron a las puertas cerradas del coronavirus… ¿Y al presidente? No se olviden ustedes del presidente. ¿Y a los directivos? No se olviden ustedes de los directivos. Alguno bueno harían. Se recuerda, porque algunos han sido demasiado rácanos para reconocer los méritos a Manuel Vizcaíno Fernández.

EN Cádiz, además de la batalla de coplas, tenemos la batalla de nombres. Pero no debemos confundir los nombres oficiales, que ponen los ayuntamientos u otras instituciones, con los nombres propios populares, adaptados por el pueblo. Por eso, cambiar el nombre al estadio, al teatro de verano, a una avenida, a una plaza, o a una calle tiene consecuencias burocráticas, pero después la gente no lo va a llamar como se le ocurra a Kichi o a Martín Vila, sino por el que será su nombre propio y auténtico. A la avenida de la Sanidad Pública nadie la llamará así, ni tampoco de Juan Carlos I, sino la avenida del Soterramiento, que es como se la conoce.

LOS niños vuelven al colegio como si fueran al martirio en el circo romano, a ver qué pasa con las fieras. El gran problema de fondo es que acuden a una cita a ciegas, como todo lo que rodea la gestión del coronavirus en España. Es obvio que los niños no se podían quedar en sus casas o en las playas de Cádiz hasta que empiecen a tratar a la gente con la vacuna de Oxford, ojú. Los consejeros autonómicos, como Javier Imbroda en Andalucía, miraban a la ministra, Isabel Celáa, que estaba desaparecida, venida a menos desde que Pedro Sánchez la retiró como portavoz del Gobierno para poner a María Jesús Montero. La ministra Celáa se lavó las manos, la medida higiénica que mejor practican.

EL día después de que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, visitara Cádiz, llegaron dos pateras a la playa de la Victoria, en horario matutino. Ambas a la zona donde se encuentran los estudios de Radio Cádiz, por lo que contó con la máxima transparencia informativa. Fueron vistos por decenas de personas que pasábamos por allí. Contribuyó a ello que mantuvieron sentados en la arena a los recién llegados durante bastante tiempo, se supone que para las pruebas médicas y gestiones pertinentes. A primeras horas de ayer llegaron otras pateras a Chipiona y Rota, por lo que parece que ha vuelto la temporada alta, aunque este año no hay Operación Paso del Estrecho.