LA fiesta de los Tosantos es una de las más peculiares de Cádiz. Forma parte de sus tradiciones populares. Antaño se celebraba no sólo en el Mercado Central de la Plaza, sino también en otros, incluido el Piojito, que estaba junto a la Merced. No es un invento reciente, sino que existía en los tiempos de Vicente del Moral como concejal de Fiestas. En relación con los Tosantos, hay constancia de un famoso artículo de José María Pemán y simpáticas fotos de Juman. Por tanto, lo han festejado varias generaciones de gaditanos. Esto es muy anterior a los disfraces de Halloween, que ahora proliferan, y que ya los anunciaban incluso cofradías cuando fueron frenados en seco por el padre Juan Enrique Sánchez.

EN este país se confunde casi todo y en Cádiz todavía más. Así es difícil distinguir las voces de los ecos, como pretendía idealmente Antonio Machado. Se nota en casi todo. Por ejemplo, en la polémica de la Medalla de la Ciudad entregada a la Virgen del Rosario por el Ayuntamiento (ya gobernado por los anticapitalistas de Kichi). La decisión de Europa Laica de llevarlo a los tribunales sólo se puede entender desde el odio a la religión católica y el revanchismo político. Es obvio que esa distinción no causa mal ni perjudica a nadie. Aunque también es verdad que no hacía falta montar el numerito de ayer con gritos y la salve callejera, que sólo ha servido para una exaltación innecesaria.

ALGUNAS cosas no pueden ser, y además son imposibles. Es lo que sucedía con el proyecto para convertir el faro de Trafalgar en un hotel de lujo. Una idea absurda que patrocinaban la Autoridad Portuaria de la Bahía de Cádiz y el Ayuntamiento de Barbate. Comprendo que quieren obtener beneficios con un faro, pero lo más aconsejable no era lo previsto: adaptarlo a hotel de lujo, ¡con tres habitaciones! Sólo faltaba invitar a Paula Echevarría, asidua del Novo, o a la influencer Dulceida con su pareja Alba para hacerle publicidad. O incluso al escritor Arturo Pérez-Reverte, que publicó una novela titulada Cabo Trafalgar. Ha pasado lo que se suponía: lo han frenado con la Ley de Costas.

ALGUNOS que ejercen la oposición al alcalde de Cádiz, José María González, dicen que su gestión es ciclotímica. Atraviesa momentos de euforia, en los que entra a todos los señuelos. Puede coincidir con sus rachas epistolares más activas, en las que lo mismo le escribe a Joaquín Sabina por ser pregonero del Carnaval, como pide que no obliguen a elegir “entre el pan y la paz”. Momentos emotivos, en los que recibe al embajador de Catar (país del que todavía no ha catado nada), mientras atacaba a Arabia Saudí. Sin embargo, en otros momentos de la historia, guarda un prudente silencio. Parece como si no existiera. Se diría que está ausente, como Pablo Iglesias en el mes de agosto.

POR supuesto que el caso del periodista saudí Jamal Khashoggi es un repugnante crimen político. Con el agravante de haberse cometido en el Consulado de Arabia en Estambul. Por supuesto que se pueden adoptar sanciones, cuando se confirme lo ocurrido. Pero está por ver que eso deba afectar a las famosas corbetas encargadas a Navantia. Y no ya por los 1.800 millones de la inversión y los cinco años de trabajo para 6.000 personas, sino porque las sanciones internacionales se combinan con los intereses económicos y políticos estratégicos. Irán, Venezuela y Cuba son ejemplos de países para los que también han acordado sanciones. Y eso no ha impedido ciertas operaciones comerciales.