HA sido un detalle bonito inaugurar la estación de autobuses de Cádiz en las vísperas de la Virgen del Rosario. Como un acto previo al pregón que pronunció Luis Rivero. Sin embargo, con la inauguración, ha quedado de manifiesto que a Cádiz le faltan dos avenidas, y que se deben terminar cuanto antes mejor. Esta ciudad sólo tenía la Avenida, que en sus inicios fue de origen romano. En los tiempos post romanos de la alcaldesa Teófila y del ministro Álvarez Cascos se construyó la avenida del soterramiento sobre la vía del tren, dedicada al rey Juan Carlos I. Desde entonces, Cádiz tenía dos avenidas de verdad y algunas más de mentira, como la avenida de la Bahía, donde construyeron un paseo marítimo, pero no una avenida verdadera que encauzara la salida de tráfico.

ES increíble, pero cierto. Ayer sentí que volvíamos a los tiempos del Bicentenario. Se celebró un acto de postín en el Oratorio de San Felipe Neri, con la presidenta del Congreso de los Diputados, Ana Pastor. Y aunque ella habló, en un plan institucional, sobre los difíciles momentos, era la misma Ana que venía a ver las obras del Segundo Puente, y se subía y se bajaba, acompañada por Teófila Martínez, que también estaba en el Oratorio, como en tantos actos bonitos del 2012. Por el contrario, no se encontraba allí el alcalde González, que no ejerció de alcalde de todos los gaditanos, como tampoco en el 2012, cuando no era alcalde, gracias a Dios, porque venían muchas personalidades.

OTRO amigo (este residente en Cádiz Norte, barrio nazareno de Santa María) me comenta que el problema de Cataluña se ha eternizado porque no se resuelve al modo de las hermandades y cofradías. ¿Y qué tiene que ver la sedición con la procesión? Pues la solución es bien sencilla. Y aunque no se puede poner una vela a Dios y otra al diablo, porque es pecado mortal, me resulta irresistible la tentación de entrar en una comparación tan odiosa. Ya que el camino de la solución se ilumina con cirios. Así he elaborado la siguiente parábola laica y apócrifa:

UN amigo residente en Cataluña me comenta que todo lo que está sucediendo allí es carnavalesco. Empezando por Carles Puigdemont, que luce un peinado como de los Beatles de Cádiz. Oriol Junqueras daría un tipo estupendo para una chirigota con gracia, como la de El Sheriff. Los Mossos en los colegios electorales parecían un cuarteto. Y cuando el Govern formó el grupo, al final de la jornada, y se pusieron solemnes, parecía que esperaban los premios: “En la ciudad de Barcelona, reunido el jurado, después de abrir las urnas, que ya venían abiertas, hemos acordado el siguiente fallo: Coros: Primero, ‘La Independencia’, 101,8 puntos. Segundo ‘La Unidad’, 5 puntos. Tercero, ‘El Circo’, 2 puntos. Accesit: ‘Picoletos y charnegos’, 0 puntos. Y así... Las urnas eran como de un romancero, por cierto.

NO ha sido un choque de trenes entre España y Cataluña. A pesar de las imágenes. No nos deberíamos confundir, aunque ahora parece que la consulta ilegal la convocó Rajoy para que los guardias civiles y los policías nacionales repartieran palos a siniestra y diestra. Esos heridos (gracias a Dios no hubo que lamentar males mayores) estaban incluidos en la hoja de ruta de Puigdemont y la CUP. Pero el problema de ahora es que la locomotora de la independencia catalana no se ha frenado, sino que sigue a lo loco. Los políticos, como en su mayoría son cuadriculados de mente y torpes de acción, siguen diciendo las mismas tonterías que antes. La locomotora de los locos sigue, y no hay una vía a la independencia, sino dos.