UNA de las mayores desgracias de Cádiz es que no se sabe promocionar. Ojo, que no digo vender, pues no está a la venta. Pero no hay habilidades para el marketing de esta ciudad trimilenaria, la más antigua de Occidente, según se decía, donde la Dama de Cádiz resultó ser un tío, lo que demuestra que aquí han pasado cosas raras desde tiempos inmemoriales. Cádiz tiene puntos negros, pero también fortalezas que en otros lugares serían el orgullo de sus habitantes. Voy a citar dos ejemplos recientes. Uno: la puesta de sol de la Caleta ha sido elegida la más bonita de España por los lectores de la revista Condé Nast Traveller. Otro: esta ciudad es la capital española con menor tasa de contagios en el coronavirus, a pesar de los pesares. ¿Qué se diría si en vez de Cádiz fuera Sevilla o Málaga? ¿Habría toque de queda? Y no digamos Madrid, ombligo de la nación.

AL valorar la crisis del comercio y el turismo en Cádiz se debe tener muy en cuenta la importancia de los cruceros. La pérdida del crucerismo, a causa del Covid-19, ha sido funesta para la ciudad. En el ranking del turismo era esencial, porque aportaba una población flotante añadida y con poder adquisitivo. Se notaba en los establecimientos de la calle Columela (y en los de Cádiz Centro, en general), tanto en las tiendas de Inditex, como en otras marcas nacionales y multinacionales, como en el comercio local. Esos clientes se han perdido en 2020, como se perdió el barco del arroz. No hay alternativas. Ni va a llegar otro turismo que compense (a pesar de los bonos de la Junta de Andalucía), ni en Cádiz hay poder adquisitivo para aumentar los gastos.

NO sabemos si el Cádiz se mantendrá en Primera División a final de temporada, pero ya ha conseguido algo que es más importante: reforzar su memoria histórica. Este equipo es admirado y odiado en toda España (quizás a partes iguales), porque es capaz de lo mejor y de lo peor. Del más difícil todavía y del petardazo más tremendo. Siempre se le ha reconocido como un David dando la pedrada a Goliat, cuando menos se lo esperaba. Pero, en otras ocasiones, este David ha salido en camilla camino de la enfermería, y ha perdido en Lucena o por ahí. Nunca se sabe lo que puede hacer y ahí reside el encanto. Su color amarillo (y azul, no olvidarse del azul, que os gusta mucho vestir de amarillo completo, como el Villarreal) es legendario y forma parte del mito, pues para la gente del espectáculo atrae el gafe. En el fútbol, sin embargo, depende de los días.

A Eduardo González Mazo, ex rector de la Universidad de Cádiz, le concedieron el XIX Drago de Oro el pasado martes 13, cuando se celebraba el día de su santo. Con esto no quiero decir que fuera un regalo, sino todo lo contrario. Con ese galardón, el Ateneo reconocía sus méritos al frente de la Universidad de Cádiz, cuando vivió unos días dorados que difícilmente volverán. Al menos hasta que olvidemos las consecuencias de la pandemia. El Drago de Oro es un premio que tiene un historial interesante. Ese drago fue creciendo porque lo regaba con mimo Ignacio Moreno Aparicio, en sus años de presidente del Ateneo, y así lo ha seguido su sucesor en el cargo, José Almenara. En el jurado, además de Ignacio, casi siempre han estado Moncho Pérez Díaz-Alersi y algunos más, depende de la ocasión.

LA ciudad de Cádiz se ha convertido en el emporio del orbe para las personas llamadas sin techo. Ese nombre de por sí ya es indigno, además de un eufemismo, porque se refiere a personas sin hogar, que deben dormir y pasar el día en plena calle, y que no tienen otras posibilidades. Personas dignas de respeto y compasión, la mayoría con muchas historias tristes detrás. Sin embargo, lo de sin techo suena como acampada al aire libre, como si Kichi (antes del permiso) hubiera convertido Cádiz en un gigantesco camping urbano, donde incluso ponen sus tiendas de campaña. Van rotando y ampliando el territorio: en los bajos de la Caleta, en el mirador de Santa Bárbara, junto la fuente de las tortugas, en las bóvedas de Santa Elena, en el parque de la Telegrafía sin Hilos, en el foso de las murallas (la zona BIC), o debajo del nuevo puente de la Constitución de 1812.