AL llegar el 1 de septiembre, en este país se considera que el verano ha terminado. Empieza un nuevo curso, que es como un año nuevo. En realidad, el verano del almanaque empieza con San Juan Bautista y termina con San Miguel. Al primero le cortaron la cabeza, pero el otro lleva la espada en la mano. Empieza con las noches más largas y termina con un veranillo otoñal, aunque septiembre llega con una ola de calor. Pero aquí, a partir del 31 de agosto, ya no se piensa en modo veraniego. Siempre se recordará, como excepcional, el verano del 26. Hay algunos veranos que marcan las vidas. Se suele pintar el verano como un tiempo alegre, propio de la juventud. La primavera sería la infancia, el verano la juventud, el otoño la madurez y el invierno la vejez. Las dos primeras estaciones tienen mejor acogida popular que las dos últimas, aunque para la poesía todas son líricas, emblemáticas, melancólicas, esdrújulas en general.

UNA vez más, la izquierda municipal gaditana y sus amigos han querido hacer virtud de la necesidad. Es normal y se entiende, pues para eso se encuentran en la oposición. Les resultaría más difícil explicar por qué no hicieron nada para reconstruir y abrir el Teatro Pemán, a pesar de que un cartel anunciaba la inauguración para junio de 2021. Y, aunque la empresa de las obras se arruinó, tuvieron tiempo. Estuvieron ocho años en el poder local. Tiempo para ese teatro, para el pabellón Portillo y otras obras, que anunciaron y no hicieron. Así que, para ellos, lo mejor es montar la polémica con el nombre de José María Pemán, que en Barbate tiene una céntrica calle, paralela a la de Federico García Lorca. Por ejemplo. Hay más.

PARA los andaluces, en general, y los gaditanos, en particular, el eclipse del pasado 12 de agosto fue parcial, por decir algo. Fue una decepción, aunque muchos no lo quieren reconocer. Porque salieron ilusionados con sus gafitas homologadas (y sin homologar también) y se arriesgaron a pasar por la consulta del oculista, a cambio de lo poco que se vio. En la televisión se le ha dado una importancia exagerada a este eclipse. Fue útil para eclipsar durante unos días las vergüenzas de la invasión de Ceuta, y para que los expertos en astronomía nos hicieran olvidar las paridas de Marlaska, que anunció la normalidad en un pis pas. En Cádiz, como era parcial, no se quedó todo a oscuras, sino que vimos menos luz durante un ratito.

HUBO un intento, que no prosperó, para batir el récord Guinness de las barbacoas. Al final, las barbacoas perecieron en el intento. Pero ahora es mejor: podemos batir el récord Guinness de echar entrenadores de fútbol. En apenas cinco meses (con las vacaciones por medio), el Cádiz ha echado a tres entrenadores: Gaizka Garitano, Sergio González e Imanol Idiákez. Puede ser que el cuarto entrenador, Albert Celades, no se coma los polvorones, como se decía antes; o ni siquiera los huesos de santo en noviembre, el mes de los difuntos. Con la trilogía de eclipses, que ya ha comenzado, están ocurriendo fenómenos que nunca vimos.

AL Trofeo lo están matando a cámara lenta. Los de la memoria democrática ya ni siquiera piden que le cambien el nombre. Se sigue llamando Trofeo Ramón de Carranza, como en 1955, cuando lo inventó el alcalde José León de Carranza. Construyó un estadio nuevo, al que se mudó el Cádiz CF, y creó un Trofeo, pero no permitió que lo jugara el club de la ciudad. ¿Por qué? La idea del alcalde era que lo disputaran equipos de primer nivel nacional e internacional. Y al Cádiz no se lo permitieron hasta que ascendió a Primera División, en 1977. Esa historia es conocida. Se apunta sólo para recordar que lo de este año no es el Trofeo de los trofeos, no es el Carranza. Es un mamarracho, que dirían algunos políticos.