EL Señor sale a la plaza de San Lorenzo, al comenzar octubre, en un momento en el que se habla de la segunda ola del coronavirus, cuando cumple cuatro siglos desde que Juan de Mesa lo hizo. Puede que algunos no lo entiendan y piensen que es un riesgo innecesario, que esa misa pontifical se debería celebrar en su basílica, donde permanece encerrado como si no hubiera terminado la desescalada. Es una decisión debatida y asumida, que se puede compartir o no, pero es valiente, como su zancada abriendo caminos. Las autoridades lo han permitido y han adoptado medidas de seguridad. La Junta de Gobierno que preside José Félix Ríos ha aplicado criterios adaptados al momento. En la plaza habrá más de 300 personas, y con más holgura que en el templo; se celebra al aire libre, donde el riesgo es menor que en los espacios cerrados, según cuentan los expertos.

SE habla y se escribe mucho de Madrid, pero los datos de la pandemia en los últimos días son preocupantes para Andalucía, en general, y Sevilla, en particular. Andalucía ya apareció la semana pasada como la segunda comunidad de España con más muertos en siete días, con 51, por detrás de Madrid (87) y por delante de Castilla y León (34). Aunque los datos suben o bajan, según los días, Sevilla ya no es el oasis que fue en el tiempo del encierro. Las cifras de la confinada Casariche llaman la atención, al registrar el triple de contagiados que los distritos cerrados en Madrid. Es un municipio pequeño, en una zona no turística. Los contagios tan altos se habían atribuido “a tres bodas”. Una simpleza.

EL turismo está de capa caída y apretándose el cinturón de esparto, ya se sabe, pero algún día volverá por sus fueros. Con permiso de los confinamientos. Pero el turismo se debe preparar y diversificarse, especialmente si nos espera una Semana Santa sin procesiones y una Feria sin casetas. Antes de la pandemia, en algunos países con mejores datos que España, estaban promocionando el llamado Dark Tourist, sobre el que se ocupó The New York Times (la biblia de las tendencias viajeras). Ese turismo de la oscuridad se basa en los horrores y la repelencia, sobre la base de un lema que nos suena a algo: “Cuanto peor, mejor”.

EN los bares sevillanos no se hablaba ayer de otra cosa. El bar ya no es lo que era antes del coronavirus. El bar está deslucido. En el bar la gente ya no desayuna manchando el periódico de aceite o mantequilla, mientras habla a gritos al fulano de al lado, comentando el partido de ayer. En el bar, con un poco de suerte, te sientan en la terraza a dos metros de la mesa vecina, donde puede haber alguien que mueva el sillón (como si fuera Pablo Iglesias) para complicar las cosas y entrar en la zona de alto riesgo. En el bar es raro que un camarero no sufra una desgracia. Ha pasado hasta en los restaurantes de tres estrellas Michelín, hasta a los hermanos Roca, o Ángel León, en su Aponiente, de El Puerto. Pues en el bar, a pesar de todos los pesares y los quitapesares, el VAR es el protagonista. Es un gran invento, que ayuda para mantener a la gente distraída y que no se acuerden de que va en aumento el número de muertos.

EL antiguo mercado de la Puerta de la Carne, como las Atarazanas y tantos otros, forma parte del Catálogo de Edificios Sevillanos de Imposible Solución. Los proyectos para reformarlo hunden sus orígenes en el siglo pasado. Es superfluo recordar esas historias, esas presentaciones en las que los últimos alcaldes de Sevilla se han columpiado. Se podría grabar un video de humor cáustico con las promesas realizadas y las maravillosas reconversiones del edificio que jamás se han visto, ni se verán. En la última participó el actual alcalde, Juan Espadas. Después los ecologistas montaron un show, porque se iban a cepillar las melias existentes en la plazuela anexa. Ahora el Ayuntamiento ha iniciado la rescisión del contrato, de mutuo acuerdo con la empresa concesionaria. Con lo cual se volverá a lo mismo de antes: a nada.