EL sueño del PP sevillano es que un día se despiertan y resulta que han ganado las elecciones autonómicas en la provincia. Con tono evangélico, se puede pensar que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja. En las siete restantes provincias andaluzas tienen más posibilidades. Sobre todo en la Andalucía marinera, que es más pepera. Pero el agro sevillano parece que es la reserva espiritual del Occidente socialista. Y siempre les quedará Dos Hermanas, donde Quico Toscano se ha convertido en un líder del sanchismo, tan cercano como está de Triana, y no digamos de Bellavista, donde comenzó la cosa.

ES muy interesante la polémica sobre las obras de remodelación en la Basílica del Gran Poder. En Sevilla, cada vez que hay intención de mover un ladrillo, aparece alguien que defiende una idea y otro que piensa lo contrario. Los arquitectos, como vienen curtidos de broncas anteriores, se suman con entusiasmo comprensible. Así que en este caso, teniendo en cuenta que afecta a la Casa del Señor, al templo donde miles de sevillanos acuden a rezar, a ver, a sentir, y a estar con Él, es normal que aparezca la tradicional división de opiniones. Aunque el hermano mayor del Gran Poder, Félix Ríos, ya advirtió que son propuestas, y que no han aprobado las obras.

TODO articulista que se precie un poco (entre los que me incluyo, modestia aparte) habrá escrito a lo largo de su trayectoria varios y muy sentidos textos sobre el fin del comercio tradicional. En Sevilla es imprescindible, pues en caso contrario los lectores pensarán que eres un papafrita, sin sentimientos, sin sensibilidad, un desalmado que no captó la belleza sutil de las antiguas tiendecitas de la plaza del Pan y sus aledaños. En fin, un monstruo de los malos, que nunca se parecerá a Luis Cernuda. Aunque casi nadie se parece, la verdad, pues sólo él fue capaz de escribir Ocnos.

EL número mágico de Sevilla es el dos: incluye a uno y otro. La operación mágica de Sevilla es la división: nada de sumar, ni multiplicar, ni siquiera restar; a dividir (sobre todo entre dos). El símbolo perfecto de Sevilla, pese a ser una ciudad occidental, es oriental: el yin y el yang. El río Guadalquivir le viene de maravilla a Sevilla, porque la divide por la mitad. Y, por si no fuera suficiente, en la Cartuja le hicieron una corta, para desviarlo y que dividiera todavía más. Lo de divide y vencerás no se inventó aquí, aunque lo practicó Julio César, que fue premiado con una de las dos columnas de la Alameda de Hércules. Quienes viven en estas tierras lo saben: donde haya uno, pronto se convertirá en dos.

A pesar de lo que indica el padrón y lo que reconocen las estadísticas, Sevilla capital se acerca al millón de habitantes. Por supuesto, entendiéndolo como personas que la habitan de hecho, no de derecho. Hay un desfase importante, que asume el Ayuntamiento, y que perjudica a los 690.566 empadronados en Sevilla. Con sus impuestos costean servicios de los que se benefician otros. No se trata de algo anecdótico, sino que tiene una repercusión económica negativa para la ciudad.