LA muerte de Joaquín Sainz de la Maza, a los 71 años, víctima de un cáncer de pulmón, es dura y prematura. Aportó mucho, pero quedó la sensación de que aún podía dar más. Y, sin embargo, sus últimos años, tras la renuncia en el Consejo de Hermandades y Cofradías, ya eran de retirada. Por cuestiones personales, y también de salud, estaba como esos mayores que se retiran del mundo, y viven el presente como una prolongación dolorosa de un pasado que fue mejor. Este ya no era el tiempo cofradiero de Joaquín, que finalizó abruptamente. Pero este tiempo no sería igual sin él, sin su ejemplo, y sin aquellos maravillosos años que vivió como hermano mayor de la Macarena, en el fin de siglo, desde 1993 a 2001, siguiendo la estela de su mentor, José Luis de Pablo-Romero.

GRACIAS a la Eurocopa de fútbol, Sevilla se ha vuelto a subir al carro de los grandes eventos en las grandes ciudades europeas. La competición se está disputando en 11 sedes volanderas, desde Londres a Bakú, desde Copenhague a Roma, o desde San Petersburgo a Sevilla, entre otras. El tan denostado estadio de La Cartuja acogió los tres partidos de España en el grupo E, frente a Suecia, Polonia y Eslovaquia, así como el de octavos entre Bélgica y Portugal. Durante esos días de partidos, por las calles, vimos a turistas suecos, polacos, eslovacos, belgas y portugueses, como en los viejos tiempos de antes del Covid 19, con sus camisetas y su colorido en terrazas de bares, y dando tumbos por los alrededores de las Setas de la Encarnación. La selección española, con Luis Enrique, Morata y algunos más, se alojó en el hotel de la Torre Pelli, dotado de buenas vistas.

ESTAMOS viviendo unos días históricos. Eso lo leemos todos los días, porque la historia se escribe partido a partido, como diría Simeone, que se unió a Boskov, Van Gaal y Valdano en los tratados de filosofía popular. En este caso, me refiero al histórico acontecimiento de que las mascarillas dejen de ser obligatorias, por la generosa concesión de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, indultador general del Reino y mentor de Espadas. En Sevilla podremos ir por las calles sin mascarilla, si la Junta no lo evita, y la gente ya se pregunta: ¿Y qué pasa con las procesiones? ¿Por qué mantienen todavía a los santos y a los pasos confinados perimetralmente en sus templos?

LA foto de Juan Espadas saludando al nuevo arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz Meneses, en la Catedral ha dado la vuelta a España. Puede ser como la foto de la tortilla, pero en versión siglo XXI, otra imagen para la antología gráfica del PSOE. Ha llamado la atención más allá de Sevilla porque a Espadas ha pasado a ser el nuevo líder del PSOE de Andalucía, y se le valora como el sepulturero político de Susana Díaz, como la esperanza blanquiverde del sanchismo converso, y no como lo que representa en esa foto: no se le ve ya como el alcalde de Sevilla. Es la imagen de un cambio de ciclo, en el Arzobispado y el Ayuntamiento. La etapa que empieza en Andalucía, con Espadas como candidato a la Junta, tiene consecuencias en Sevilla: un vacío de poder.

SIEMPRE fue y será don Manuel. Siempre tuvo el don por delante, el don del trato con respeto por ser una eminencia desde su juventud: catedrático de Derecho Administrativo a los 25 años. Pero principalmente el don que le acompañó toda su vida, para ser un hombre diferente, no de partido, ni siquiera de ideologías, sino en búsqueda permanente de la verdad, y sobre todo de la fidelidad a sus creencias. El don de ser persona, un señor, un hombre justo, capaz de diferenciar entre lo bueno y lo malo, para defender lo mejor, con todas sus consecuencias.