A final del siglo pasado se crearon incompatibilidades entre el sevillano rancio/cabal y el estadio de La Cartuja. Después el catálogo se amplió a las Setas y a la Torre Pelli. Pase lo que pase, se haga lo que se haga en el referido estadio, aquello es un mamarracho, un despilfarro intolerable y algo completamente ajeno a las esencias sevillanas. Sin embargo, desde el martes, el estadio de La Cartuja entra en la memoria histórica del fútbol español, ya que nuestra selección no le ha ganado por 6-0 a Alemania frecuentemente, sino que sólo lo ha conseguido allí, precisamente allí. Con un marcador de tenis, en el lugar donde España ganó la Copa Davis dos veces.

EL principal motivo por el que han aumentado los negacionistas de la Covid-19 (que tanto contribuyen a su expansión) es por la adopción de medidas incoherentes. Las autoridades se columpian. Toman decisiones que carecen de un mínimo rigor científico y que son claramente contradictorias. No sólo Pedro Sánchez. En Andalucía, han publicado unas rectificaciones de horarios en el BOJA, que han afectado a la esencialidad de las librerías o las peluquerías, pongo por caso. Pero lo más grave es buscar unos equilibrios imposibles. Cerrar antes y hacer lo mismo. Como si el coronavirus se propagara más a partir de las 18 horas.

EL otoño sevillano funcionaba como una primavera declinante. Escribir eso resulta cursi, ya lo sé, y merece una explicación. La primavera, en lo referido al calor, iba de menos a más; de modo que no era lo mismo el tiempo de la Semana Santa que el de las glorias de mayo o el Corpus de junio. El otoño empezaba con la llamada Feria de San Miguel, con los toros en la Maestranza, con el veranillo del membrillo, con las vendimias en los pueblos… Y la Bienal de Flamenco (un año sí y otro no), con los guiris que se han aficionado como si hubieran nacido en las cavas de Triana antes de partir al exilio. Después venía octubre, el mes del Rosario, con el puente del Pilar, y a continuación se enfriaba noviembre, con el puente de Todos los Santos y los Difuntos. ¿Difuntos? Toquemos madera de ciprés.

ANTE la segunda ola del coronavirus (¿o es ya la tercera?) la Junta de Andalucía establece nuevas medidas. Tanto Juanma Moreno como Juan Marín han indicado que se adaptan a las circunstancias y “a los criterios sanitarios”. Aunque el presidente es del PP y el vicepresidente de Ciudadanos, en Andalucía hay menos discrepancias que en Madrid, donde Isabel Díaz Ayuso e Ignacio Aguado se fastidian entre ellos mismos. Aquí cada cual puede decir una cosa y al día siguiente la contraria, como le ocurrió a Juan Marín con los viajes a Andalucía en el puente de Todos los Santos. Después se justificó, recordando que las cosas cambian de un día para otro. Por lo tanto, van probando. Cuando no funcionan unos principios, buscan otros. Es la sabiduría según Groucho Marx. En España siguen los palos de ciegos, a ver si sale bien por casualidad; y eso es lo que más preocupa a quienes sufren el toque de queda y el confinamiento perimetral.

EN este país, de vez en cuando, la gente se agobia por algo hasta que se agota. Pasó con el papel higiénico, la levadura y las pesas. En Sevilla ahora está sucediendo con las vacunas de la gripe. Ha calado un frenesí entre los vacunandos y cierta alarma entre los vacunadores. Así se ha propagado la teoría de que es dificilísimo vacunarse, que no habrá suficientes para todos; y, curiosamente, también se oye lo contrario: que no habrá tantos sevillanos dispuestos a vacunarse y consumir todas las que ha adquirido el SAS. Es decir, vuelve la mitología popular sobre la carencia de algo, en este caso de las vacunas, como si hubiera cartillas de racionamiento. Y también parece que la Consejería de Jesús Aguirre se ha colapsado, en plan de sálvese el que pueda.