SEVILLA, ciudad apegada a las costumbres y las tradiciones, mantiene una perpetua polémica acerca de lo extraordinario. Se suele centrar en las procesiones conmemorativas, que salen en fechas ajenas al calendario festivo que las justifica, pero encubre un sentimiento más amplio. Para empezar, hay que definir lo extraordinario. Lo más perogrullesco es calificarlo como aquello que trasciende lo ordinario; es decir, que no se ajusta a lo habitual. Sevilla vive anclada al calendario: la Cuaresma, que aquí parece empezar el 7 de enero y confirmarse el Miércoles de Ceniza; la Semana Santa, de fechas móviles, pero en marzo o abril; la Feria, de fechas móviles, pero en abril o mayo; el Corpus, de fechas móviles, pero en mayo o junio; el verano, que según pasa la Velá de Santa Ana abre el éxodo a las playas; el otoño, que es como una transición (para muchos la estación más bonita del año en la ciudad) y diciembre, que marca el camino del Adviento, con los gozos de la Inmaculada, hacia la Navidad. Y vuelta a empezar.

LAS muertes del profesor Enrique Valdivieso y su esposa, la profesora Carmen Martínez, en un siniestro fortuito, han causado profunda consternación en Sevilla. Y también, por causa diferente, la muerte del abogado Ignacio Pérez Franco, que fue pregonero de la Semana Santa de 2012 y hermano mayor del Baratillo en unos años de auge de su hermandad. Sobre la muerte de Enrique Valdivieso y su esposa se ha aclarado el origen del siniestro y han sido elogiados justamente sus méritos. Sobre la muerte de Pérez Franco se ha expresado un inmenso dolor. Quizás (y paradójicamente), porque como en la novela de Gabriel García Márquez era la crónica de una muerte anunciada, por el agravamiento de su salud en los últimos meses.

TODAVÍA las hermandades sevillanas no están encargando palios y mantos en los talleres de Pakistán y Bangladesh. Las asociaciones de Arte Sacro de Andalucía (que engloba a las de Sevilla, Cádiz, Málaga y Córdoba) han emitido un comunicado conjunto para alertar sobre los encargos de piezas cofradieras, especialmente de bordados, a talleres de esos países, que trabajan en otras condiciones laborales, con productos de mala calidad, y venden a bajo precio. La tentación para las hermandades pobres es evidente. Aunque la principal clientela pakistaní probablemente procede de asociaciones piratas (o simpapeles), que no suelen prodigar la exquisitez. Ni en la imaginería, ni en las artes del bordado y la orfebrería.

EN Sevilla existen diversos edificios gafados. Tuvieron un pasado, ya remoto, pero carecieron de un presente en los últimos años, y algunos parecen condenados a no tener futuro. Por eso, es llamativo que algunos de ese gafado elenco, como la antigua comisaría de La Gavidia, estén en obras, aunque su aspecto sea diferente. ¡Qué envidia para el viejo mercado de la Puerta de la Carne! Otros edificios, como las Atarazanas, parece que tenían definido su futuro, pero se mantienen en el ojo del huracán mediático por la idiosincrasia de las obras arquitectónicas. Y, para los que dicen que en Sevilla faltan iglesias para nuevas cofradías, recordemos que la del hospital de San Lázaro, a la vera del Cementerio, parece que está a pique de un repique, aunque hayan restaurado sus obras de arte.

YA ha pasado Fitur, ya se puede volver a escribir sobre la turistificación. Es verdad que en 2024 llegaron a España 94 millones de turistas extranjeros. Es verdad que la EPA indica que el 90% de los empleos creados el año pasado son del sector servicios, en su inmensa mayoría relacionados con el turismo. ¿Qué sería de Sevilla sin sus turistas? Pues ahí está el quid de la cuestión. Hay que conseguir un equilibrio, porque cuando se habla y se escribe de la turistificación de Sevilla no se exagera. Es una realidad avalada por estudios e informes. Aparte de que salta a la vista. Y afecta ya a todos los barrios del casco antiguo, que es tanto como decir a la Sevilla eterna, a la que está dentro de las murallas que ya no son murallas. Y se extiende a Triana y otros barrios.