EN la ciudad de Cádiz había varios abogados que hacían ilustre a su colegio. Cada cual con su estilo, pero todos como ejemplo de algo que se está perdiendo: el señorío. Es justo lo contrario del señoritismo y la chulería. Es el saber estar, la referencia, el modelo a seguir y la coherencia. Uno de ellos era José Antonio Gutiérrez Trueba. Fue decano de ese colegio al que contribuyó a dar más lustre y hacerlo más ilustre. Pero sobre todo fue un personaje muy importante en la ciudad de los años 70 y 80 del siglo pasado. Con él comenzó la Transición real, antes que la política. Y él se comió el marrón de unos años difíciles para la ciudad, en los que supo luchar contra la decadencia, como hacen los caballeros andantes. Era un Quijote de andar por Cádiz, la ciudad a la que dio su vida.

EL Domingo de Ramos será un día raro en Cádiz. No saldrá la Borriquita, ni el Señor Despojado, ni la Santa Cena, ni las Penas, ni la Humildad y Paciencia, pero ese día inaugurarán la pretemporada de playas. No habrá procesiones, pero sí se podrán tostar al sol. No habrá colas para los palcos y sillas en la calle Cobos, pero si en los lavapiés, que van a recuperar felizmente. No vendrán madrileños, porque van a confinar las autonomías, pero sí sevillanos, porque van a abrir las provincias y allí tampoco saldrán la Estrella ni la Amargura. A falta de los antifaces de los penitentes, siempre nos quedarán las mascarillas, que ya forman parte de la indumentaria de paseo marítimo.

SI a usted le dicen que le van a confinar su perímetro, ¿qué pensaría? Pues eso es lo que estamos padeciendo. Hace un año, el 13 de marzo de 2020, optaron por perimetrar y confinar por lo sano: encerraron a todos en sus casas, para que aplaudieran a las ocho de la tarde. Algunos, ya puestos, una hora después tocaban las cacerolas, en honor de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y toda su parentela, parcialmente contagiada con el Covid 19, tras su asistencia a las manifestaciones del 8-M. Cuando dejaron que la gente saliera a pasear, con franjas horarias (otra carajotada, que se ha eliminado con el tiempo), a algunos fans de la cocina les dio por salir con sus cacerolas en el madrileño barrio de Salamanca. Así se difundió que era un mosqueo de pijos y pijas perfumados con Loewe. Pero ahora estamos en otro momento guay: el de los perímetros del confinamiento.

LA visita de la alcaldesa de Jerez, Mamen Sánchez, al alcalde de Cádiz, José María González, ha sido pintoresca. Se ha presentado como si fuera el final de una guerra fría. Como cuando Reagan se entrevistó con Gorbachov, o algo así. No es para tanto. Se entiende que con las memeces de los confinamientos perimetrales, y con la prohibición de viajar más allá de la provincia, ahora una visita de Cádiz a Jerez o de Jerez a Cádiz se considera como turismo a paraísos exóticos. Pero hasta hace poco era algo de lo más normal. No tiene sentido pensar que esta visita oficial servirá para mejorar las relaciones diplomáticas entre ambas ciudades. Hay cuestiones profundas que se deben trabajar más para que el potencial de esta provincia fragmentada no se siga desperdiciando por las divisiones catetas.

POR poner un ejemplo marinero, Cádiz es como un barco a la deriva. Vivimos una situación imprevisible hace dos años: una pandemia ocasionada por un coronavirus desconocido, que puso en jaque a la humanidad. Esa es la parte de un gran problema global. Pero a eso se añade que Cádiz ya venía derivando de antes, sin rumbo fijo, sin ideas ni criterios en sus gobernantes, sin políticos adecuados para momentos en los que hace falta algo difícil: sabiduría. Así se ha agravado el problema, hasta convertirlo en irresoluble en las circunstancias actuales. El alcalde Kichi se esconde, no está para nada; y lo de menos es que acuda o no a un incendio provocado en el Hospital Puerta del Mar, sino que carece de proyectos para la ciudad. Es incapaz de gestionar el caos sobrevenido.