COMIENZO con este artículo una trilogía. Desde hace años están de moda, y si no se escribe por triplicado parece poquita cosa. Se podría denominar Trilogía del Desarraigo. O también, a modo general, Sevilla sin sevillanos. El mítico ideal que popularizó Antonio Machado ha adquirido, con el tiempo, el sentido contrario. Ya no se trata de disfrutar la ciudad sin los excesos de sus ciudadanos, sino de expulsar a los sevillanos a las periferias. En esa coyuntura estamos. Se ha culpado al turismo, y se ha fomentado la turismofobia, para chinchar a Juan Espadas. De manera que ves a una muchacha con short, top de tirantas y chanclas, como si fuera a la piscina del Tiro de Línea, llorando porque no la dejan entrar en la Catedral, y parece que es una enviada especial de Satanás. Cuando ella es otra víctima. El turista sólo es un medio para conseguir el fin de lo perverso. Y el fin es hacer negocio a costa de Sevilla.
EN las necrológicas que circulan tras la muerte de Arturo Fernández se le califica como “el último galán”. En realidad, y visto desde Sevilla, Arturo ha sido el penúltimo. El último superviviente de los galanes es la Camisería Galán, que se encuentra en la calle Sagasta desde 1905. Desde antes de que naciera Arturo Fernández, y con un escaparate que acredita su origen más que centenario. La camisería y sastrería, que cuenta con una clientela básicamente de señores elegantes y tradicionales, mantiene un doble juego perfecto, pues el nombre le viene de su fundador, el soriano Isaac Galán, y encaja en el galanismo. Estilo clásico y muy formal; con toques como ponerse una guayabera verde en verano.
EN el Palacio Arzobispal se organizó un Encuentro de Pensamiento Cristiano, titulado La Iglesia en la sociedad democrática. Precisamente el mismo día que la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, amenazaba a los obispos, tras las declaraciones del nuncio Renzo Fratini. El encuentro del Arzobispado estuvo presidido por el obispo auxiliar, Santiago Gómez Sierra, y contó con una ponencia de Jesús Avezuela, director general de la Fundación Pablo VI y letrado del Consejo de Estado. Entre los asistentes había cualificados representantes de la sociedad sevillana, profesionales, miembros de grupos eclesiales y también políticos de diversas ideologías, como las diputadas del Congreso Sol Cruz-Guzmán (PP) y Reyes Romero (Vox), el portavoz municipal de Ciudadanos, Álvaro Pimentel, y el delegado de Justicia y Turismo, Javier Millán, también de Cs, o el anterior viceconsejero de Turismo y Deporte, Diego Ramos, del PSOE, entre otros.
SEGURAMENTE Sevilla es la ciudad más monárquica de España. En una encuesta reciente sobre el rey Felipe VI, apareció que Andalucía es la comunidad española más monárquica, sin duda por la influencia sevillana. Esto se nota en muchos detalles, porque la monarquía se basa en la Familia Real. En casi todos los ámbitos económicos y sociales sevillanos, las familias reales son importantes y actúan con mentalidad de sucesión. Hay empresas familiares, colegios familiares, hermandades familiares… Y como aquí hay unos Reyes Magos que no gobiernan, pero tienen un alto rango moral, también funcionan con cierto ajuste a los principios de la monarquía.
LOS ataques que sufrieron representantes de Ciudadanos en la Cabalgata del Orgullo (Gay) escenifican una peligrosa intolerancia. En Sevilla, como en otras ciudades, les arrojaron pintura y recibieron insultos. Han sido curiosas las reacciones posteriores. Tímidas condenas y hasta justificación. Una diputada de Podemos, Sofía Castañón, tras decir que rechazan la violencia, añadió: “Cuando vas de la mano con el discurso de la ultra derecha puedes encontrarte respuestas así”. Los ataques coinciden con la campaña de presión mediática que está sufriendo el partido de Albert Rivera. Por dos motivos principales: sus pactos con el PP y Vox, que han dejado a la izquierda sin algunos ayuntamientos y autonomías con las que contaban; y su negativa a apoyar a Pedro Sánchez en la investidura. Seguro que esto último importa menos a los atacantes que los acuerdos con Vox. Pero cuando se atiza el odio político, hay que tener cuidado para no traspasar ciertas líneas, sean rojas o del arco iris.