UN cardenal sevillano es un caso muy raro. No tanto como encontrarse con un ornitorrinco por la calle Sierpes, pero casi. Por eso, el nombramiento de Miguel Ángel Ayuso Guixot como nuevo cardenal ha provocado unas reacciones casi desconcertantes. Sobre todo porque es un cardenal nacido en Sevilla, cuya labor pastoral ha transcurrido lejos. No ha sido párroco de la Magdalena, ni canónigo de la Catedral, ni nada de lo que estamos acostumbrados. Ni mucho menos arzobispo de Sevilla, ni siquiera obispo de otras diócesis andaluzas. Por el contrario, el Papa Francisco ha sorprendido nombrando cardenal a un sevillano con poderes en la Curia vaticana, donde ejerce como presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Antes fue misionero comboniano, entre otras labores pastorales, diferentes a lo habitual en la archidiócesis local.
ES lamentable la gestión del caso de la listeria, incluyendo la reacción de los políticos. En este país, y en esta ciudad, parece que lo más importante, cuando aparece un problema (incluso tan grave como éste), es ver si la responsabilidad política es de la derecha o de la izquierda. Para demostrar que los malos son los otros. Algunos se las prometían muy felices, paradójicamente, porque parecía que iban a pillar al consejero de Salud, el dicharachero médico Jesús Aguirre, que es del PP. Sería el primer patinazo gordo del gobierno de esa Andalucía Suma, que formaron PP y Cs, con la tolerancia de Vox. El trifachito, como decía Susana Díaz. Hasta que se descubrió que el caso sucedió en Sevilla, y que el Ayuntamiento del socialista Juan Espadas tiene competencias. Las habían gestionado con evidente despiste, por decirlo suave. De ese modo, se ha llegado al forcejeo de la culpa no es nuestra, sino tuya.
VIAJAR en agosto es una suerte. Viajando se conoce el mundo, otras ciudades, otros países, y se pueden entender mejor (o peor) otras realidades. Viajando hasta nos podemos convertir en turistas, y practicar en otros lugares lo que criticamos en Sevilla. Viajando se entiende que esta es una gran ciudad, pero no el ombligo del mundo. Y que algunos de los asuntos que aquí rellenan páginas se los tomarían a cachondeo en otros países más avanzados. Además, viajar es una suerte, si te vas lo más lejos posible, porque en otros lugares los trabajadores de las empresas de aviación como Iberia, o las ferroviarias como Renfe, no aprovechan los días con más movilidad del verano para fastidiar la vida a otros ciudadanos, mientras piden solidaridad. Es decir, solidaridad para que te fastidien.
LA tasa turística es como las serpientes de verano, que aparecen y desaparecen. O las medusas en las playas. En Sevilla se habla de la tasa turística, de vez en cuando, pero duerme el sueño de los justos. El alcalde, Juan Espadas, se ha mostrado partidario de aplicarla. Incluso llegó a decir que recaudarían entre siete y ocho millones de euros al año. Repartidos en cinco millones de los hoteles, y más de dos millones de los pisos y apartamentos turísticos regulados, que son menos de una cuarta parte de los existentes. Se supone que esos siete millones se dedicarán a fines turísticos, a restaurar monumentos, a cubrir mejor los servicios, etcétera. Un dinero que no saldría del bolsillo de los sevillanos.
ES lógico que lluevan las críticas a Vox, por el tuit que después borró su concejal sevillano Gonzalo García de Polavieja, en el que calificaba como tarado a Blas Infante. Además de borrarlo, después lo ha intentado suavizar con una serie de elucubraciones lingüísticas sobre el significado del concepto del tarado. Según sus explicaciones, entiendo yo que se le podría aplicar a casi todos los políticos en activo, incluido él mismo. Pero es obvio que, en el uso corriente, el tarado tiene un tufillodespectivo, que colinda con el insulto. Además de que considerar tarado a quien no piensa lo mismo que tú ya está demostrando un totalitarismo en la ideología política. En resumen, retrata a quien lo dice y revela el populismo maniqueo de Vox.