AHORA es muy fácil decir que Rita Barberá ha sido víctima de una cacería política, o pensar que seguiría viva sin la lapidación política a que fue sometida. Lo difícil es mantener la presunción de inocencia de las personas (sean del partido que sean) hasta que se pronuncien los tribunales y los condenen, o no. Y aún después, si son condenados, tener la misericordia (incluso ahora que se ha terminado el año) de reconocer que en la vida de las personas hay aciertos y errores, sin disculparlos, pero sin pisotear su memoria, incluso después de muertos, con actos despreciativos que retratan el odio y la inhumanidad de quienes los cometen.

EL acuerdo entre el Partido Nacionalista Vasco y el Partido Socialista de Euskadi (o sea, el PSOE) para gobernar en coalición no es ninguna novedad, pero incluye novedades. No es novedad porque ya se ha practicado, con bastante coherencia por cierto en los tiempos de José Antonio Ardanza y Ramón Jáuregui. Los tiempos en los que el PNV también pactó con Aznar para que gobernara el PP en España, no se olvide. Los tiempos previos al Pacto de Estella, a que Arzalluz se radicalizara, a que Ibarretxe jugara a ser más batasuno que nadie, sin entender que el PNV es más o menos lo que ahora representa Urkullu: el equilibrio para gobernar desde la ambigüedad, la derecha vasca carca que se modernizó para parecer centrista sin renunciar a lo euskaldun.

POR tercer mandato consecutivo, Alberto Núñez Feijóo ha tomado posesión como presidente de la Xunta de Galicia. Prometió su cargo en presencia de Mariano Rajoy, lo que ha vuelto a disparar las profecías que le convierten en el delfín del PP, para aspirar en el futuro a la Presidencia del Gobierno de España. Sin embargo, se lo fían a la larga. En el PP dan por supuesto que Rajoy aguantará cuatro años más en la Moncloa. Y, para ello, se está rumoreando que convocará elecciones en mayo del próximo año, si no le aprueban los presupuestos. La pelota vuelve al tejado del PSOE, que en primavera todavía no estará presentable.

OTRA vez se ha demostrado que encuestador, economista y periodista son profesiones con poco futuro. Ya se vio en el Brexit, y en más cosas. Donald Trump ha ganado las elecciones americanas con las encuestas en contra: auguraban que Hillary Clinton había “remontado” en los últimos días, después de que disminuyeran los 12 puntos de ventaja que algunos le habían otorgado. Trump ha ganado con el Ibex 35 y el Dow Jones (que es la versión neoyorquina de la Bolsa)  en contra y lanzando amenazas de caos. Y ha ganado con los medios de comunicación americanos en contra, empezando por The New York Times y otros periódicos a los que copian en el resto del mundo.

LAS elecciones presidenciales de los EEUU se están viviendo aquí incluso con más atención que en Manhattan. Es como si todos fuéramos norteamericanos durante uno o dos días. En esta ocasión, la expectación está justificada. Los demócratas y los republicanos han rivalizado para elegir a los peores candidatos que tenían a mano. Hillary Clinton no es como Obama, por más que aquí la presenten como una dirigente muy preparada y una líder del feminismo mundial. Ni se podía escoger un candidato republicano más friki y chusco que Donald Trump, que para colmo provoca arqueadas en el resto del mundo. La cuestión consiste en elegir entre lo malo o lo peor.