NO hay ninguna provincia andaluza que tenga en estos momentos una situación como la de Cádiz. Sus municipios más poblados están cerrados perimetralmente por su alta incidencia, o a punto de que se adopten medidas más drásticas. Incluida la capital, que entró en la lista negra después de Jerez y San Fernando, y después de las medidas en los ocho municipios del Campo de Gibraltar. Resulta extraño, muy extraño lo que está ocurriendo, porque en la primera ola, allá por la primavera de 2020, Cádiz era la provincia (y la capital) con menos casos de Covid-19, junto a Huelva y Almería. Hasta especulamos con la posibilidad de que beneficiara su clima marinero. Hasta suponíamos que su ubicación geográfica ofrecía alguna ventaja.

EL Obispado de Cádiz (y Ceuta) es uno de los pocos que no posee un Palacio del Obispado, una Casa del Obispo, o algo parecido. En tiempos lo tuvo, pero la Iglesia local se deshizo de ese patrimonio. El actual obispo, Rafael Zornoza, vive en un piso cerca de la Catedral, en un edificio donde también residió su antecesor, Antonio Ceballos. Las funciones institucionales del Obispado se ejercen en la casa del antiguo Hospital de Mujeres, donde permanecen las oficinas diocesanas y el despacho del prelado, además de una capilla y un patio que es una maravilla, con su Vía Crucis de azulejos. Pero, en Cádiz, el yacimiento arqueológico de la denominada Casa del Obispo fue cedido a una empresa, Monumentos Alavista, y sigue siendo motivo de polémica.

LA gente está despistada, entre el coronavirus, la borrasca Filomena y la ola de frío. Parece el Apocalipsis. En otros tiempos, se hubiera dicho que no respetan ni que estamos en Carnaval. Porque el fin de semana pasado, en condiciones normales, tocaba organizar la Pestiñada, la Erizada y la Ostionada. Y esta semana, con una participación como en los tiempos de Teófila, hubiera comenzado el concurso del COAC en el Gran Teatro Falla. Y todas las agrupaciones llevarían un pasodoble para acordarse de las castas del Patronato y otro para criticar a la alcaldesa. Y el concurso se terminaría todos los días a las tres de la madrugada, hora a la que regresarían los autobuses a Alcalá de Guadaíra, Marbella o Isla Cristina. Y el Jurado Diario estaría puntuando, con los mismos de siempre en los primeros puestos. Y en Cádiz no se hablaría de otra cosa, ni nadie pasaría frío en los colegios, porque el ambiente estaría calentito.

LA política cultural en Cádiz (o en Honolulú) no debe ser de izquierdas ni de derechas, sino cultural. En la ciudad de Cádiz, a diferencia de otros asuntos, en este no hay sectarismo ideológico, ni revanchismo, ni cosas así, sino que no hay nada de nada. Y creo que no es por mala intención, ni siquiera por falta de medios, sino por falta de ideas. Lo primero es ubicarse, saber lo que quieren. Por ahí se empieza a fallar. Tampoco hay un liderazgo relevante. A Kichi sólo le interesa el Carnaval, cuyo aspecto cultural es secundario frente a lo festivo. A la concejala Lola Cazalilla la van a volver loca, y en los últimos tiempos se ha venido a menos. Ahora emerge Paco Cano, con sus propuestas sobre el rico patrimonio cultural gaditano que está desaprovechado.

SE ha cumplido el objetivo: llegar al día de los Reyes Magos sin confinamiento. En Cádiz, como en toda Andalucía, hubiera sido muy duro, porque es una fiesta de profundo arraigo popular. Y aunque Melchor, Gaspar y Baltasar han tenido menos cartas y menos trabajo (por las ausencias de esos que en tiempos de Franco llamaban emigrantes, esos gaditanos que no han venido este año desde otras comunidades y otros países), en general los niños y gran parte de los mayores ya tienen hoy sus regalos. La producción del carbón ha caído en picado en España, es políticamente incorrecta, y eso hace que dirigentes que han contribuido al desastre, como Salvador Illa, incluso reciben regalitos chulos.