EL Viernes de Dolores comienza la campaña de las elecciones generales. Con la Semana Santa por medio, con la gente distraída en esos días, el resultado se va a decidir en los últimos minutos. El partido electoral está vivo, en una de esas fases que no gustan a los entrenadores, con toma y daca, ataques y contrataques, en los que siempre pierde el más tonto, digo el que comete más errores. Nadie tiene ganado el partido del 28 de abril, aunque Pedro Sánchez parte con ventaja. Las encuestas de los últimos días apuntan que volvemos a los clásicos: el título de la Moncloa se lo juegan el PSOE y el PP. Los equipos revelación se están desinflando.

EN las próximas elecciones no sólo está en juego el futuro de España, que suena rimbombante. También los partidos se juegan mucho. Por eso, hay nervios y movimientos estratégicos que pueden ser desesperados en los últimos días de campaña. Según las últimas encuestas publicadas, el resultado dependerá de la capacidad del PP para liquidar a Vox; es decir, para desinflarlo de votos. Si lo consigue, puede haber un Gobierno conjunto de PP y Ciudadanos. Pero, en estos momentos, lo más probable es que gane el PSOE y que obtenga opciones de gobernar. Bien con el pacto Frankenstein, incluyendo otra vez a los independentistas; o bien con Ciudadanos, lo que se antoja inviable, porque Rivera se debería tragar sus propias palabras. En tales condiciones, Frankenstein tiene las máximas posibilidades, a no ser que quieran volver a las urnas en otoño. Este supuesto tampoco es descartable.

A efectos electorales, Vox funciona como Podemos. Hace en la derecha lo mismo que el partido de Pablo Iglesias hizo en la izquierda. Aglutina votos periféricos del sistema, de los indignados (que los hay de izquierda, pero también de derecha) y se basa en el populismo, con propuestas irrealizables, con ambigüedades (unos buscan al franquismo sociológico, los otros buscan al comunismo sociológico) pero disimulan, porque quieren ampliar su base social. No les cabe el Estado, ni la Autonomía, ni el Ayuntamiento, ni nada en la cabeza. A Podemos se le ha notado en cuanto ha gobernado en algunos municipios. A Vox se le notó cuando llegó al Parlamento de Andalucía y quería prohibir competencias blindadas en el Estatuto.

LAS últimas encuestas publicadas se parecen a las del CIS. Tanto criticar a Tezanos y al final va a tener razón. O no, todavía hay partido. También es verdad que algunas encuestas se fían mucho del CIS, ya que una empresita que hace 500 entrevistas para decidir los escaños de toda España tiene la misma fiabilidad que si se las inventa. Algunas encuestas funcionan como fake news, que diría Pablo Casado, y a veces se cumple porque marca modas y tendencias. Por eso llama la atención el declive del modelo andaluz (el pacto entre PP y Ciudadanos para gobernar, con  Vox por fuera), al que hace tres semanas daban más del 50% de los votos en España y ahora parece que va a menos.

EN España hay dos Españas, como mínimo. En ese escenario, el centro es el espacio donde se ganan y se pierden las elecciones, pero también el más frágil e inseguro. En el centro aparece la tercera vía. Suponemos que ahí entran las clases medias, los progres pijos, las feministas liberales, el voto urbanita en gran medida, tantos indecisos, muchos relativistas y Manuel Valls. A la hora de formar un partido de centro, en la Transición, la principal tentativa fue la UCD de Adolfo Suárez, en la que convivían demócratas cristianos y liberales, pero también falangistas reformistas que evolucionaron y socialdemócratas no socialistas. El sueño del Centro Democrático se esfumó cuando llegó el PSOE al poder con Felipe González. Después de casi una década y media, Aznar reconquistó el centro.