UNO de los tópicos más arraigados en Cádiz es el de la pobreza. Se supone que es una de las ciudades más pobres de España, castigada por la vejez de la población, el paro, los desahucios, la escasez y el alto precio de las viviendas, los sin techos, etcétera. Pobres hay los, aunque no son mayoría absoluta. Los datos que publicó recientemente la Agencia Tributaria (datos oficiales, basados en los impuestos) apuntaban que la renta media declarada por los gaditanos en 2019 fue de 29.055 euros al año. Cádiz es el segundo municipio más rico (o menos pobre) de la provincia, después de San Roque. La renta declarada de los gaditanos está por encima de la media de Andalucía (23.510 euros) y también supera la media española (28.384 euros). Es decir, Cádiz, en el conjunto de España, se sitúa en la mitad.
LOS proyectos para el puerto demuestran que otro Cádiz es posible. El Cádiz del soterramiento de la vía del tren, del segundo puente sobre la Bahía, del nuevo estadio Carranza, y ahora de la remodelación y la ampliación del puerto. Los teofilistas dirán que, no por casualidad, doña Teófila ha estado detrás de esos asuntos y ha sido la impulsora. Bueno, pues es lo que hay. Quienes no han hecho ni el huevo (sólo quejarse y perder el tiempo con pamplinas y cuentos de engañabobos) no pueden poner nada en el otro platillo de la balanza. El progresismo lo entienden a su manera, sólo para progresar ellos, que viven mejor que antes, pero no basta con cambiar los nombres de las calles y el estadio. El progreso de Cádiz necesita obras públicas e inversiones. Es lo que plantea la Autoridad Portuaria de la Bahía, cuya presidenta es Teófila Martínez.
CON permiso de la autoridad, y si el tiempo no lo impide, hoy se celebrará una función solemne en la Catedral gaditana (por la mañana), y una procesión extraordinaria (por la tarde), en la que saldrán Jesús Nazareno, Regidor Perpetuo de la ciudad, y la Virgen del Rosario, Patrona de Cádiz. Irán juntos desde la Catedral a Santo Domingo, en un itinerario común, para después seguir el Nazareno hasta su templo, atravesando el barrio de Santa María y pasando ante la antigua Cárcel Real (hoy Casa de Iberoamérica), donde habrá cantes flamencos, no de los presos (que no están recluidos en ese edificio desde 1966), sino de jóvenes cantaores del barrio. Todo será histórico, como se suele decir con lo infrecuente o excepcional. Merece algunas reflexiones para entenderlo bien.
EN el artículo del pasado miércoles, me refería a que Cádiz aún vive con ideas y actitudes del siglo XIX y que ese es el motivo principal que dificulta el progreso. En los incidentes de la huelga del Metal se ha relacionado esa conflictividad con las broncas de hace 45 años en los astilleros. Pero incidentes en Cádiz y batallas campales para protestar los hubo con anterioridad. El próximo domingo, 5 de diciembre, se cumplirán 153 años de la sublevación y guerrillas callejeras de los denominados Voluntarios de la Libertad, uno de cuyos comandantes fue Fermín Salvochea. Ese espíritu es el mismo que sigue presente, con su tataranieto político, el alcalde Kichi, aunque más civilizado, ya que no empuña armas, sino un megáfono.
A consecuencia de la huelga del Metal, en el resto del mundo se han enterado de que otro Cádiz también existe. En los últimos años, Cádiz era una provincia playera, donde venían los turistas a practicar deportes de viento en Tarifa, comer atún rojo salvaje de almadraba en Barbate o Roche, descansar en los hoteles lujosos del Novo, y visitar la capital, Cádiz, esa ciudad de chirigotas, tan curiosa y graciosa. Ahora también piensan que Cádiz es un lugar donde la gente se subleva por la subida de un convenio, va quemando lo que encuentra por las calles, y votan a un alcalde estrafalario que da consignas con un megáfono contra la tanqueta de Marlaska. Ni antes ni ahora han entendido a Cádiz. Y puede que muchos gaditanos tampoco la entiendan. Pues el principal problema de Cádiz no es el paro, sino que todavía vive como si estuviera en el siglo XIX.