LA nueva normalidad será recuperada plenamente mañana en Cádiz, cuando salga a la calle la última confinada. La Virgen del Rosario no irá en su paso, sino en unas andas, pero será igual, o parecido, porque presidirá una procesión, con cortejo de acompañamiento y representaciones, con las cornetas y tambores del Rosario abriendo camino, y con la música del Maestro Dueñas cerrando con sus marchas. Como tantas veces, como aquellos años, cuando el 7 de octubre, fiesta local en Cádiz, era un día de regocijo para venerar a la Patrona. Por culpa de la pandemia se quedó sin salir en 2020. Han pasado casi dos años sin procesiones en las calles gaditanas. Y la primera será Ella, que saldrá de Santo Domingo, como la Madre que acude al reencuentro con sus hijos, que sólo han podido verla en su casa del Santuario.

TELÓN de fondo para situar: los partidos comunistas y marxistas, para llegar al poder, necesitan disfrazar al lobo con una piel de cordero. En Marx se puede leer que su forma de gobernar es la dictadura del proletariado. Pero cuando vivimos en una monarquía parlamentaria, con elecciones cada cuatro años, se debe enmascarar en la medida de lo posible. Tras la máscara (que puede ser incluso bonita, o simpática, o dicharachera, o parecer otra cosa), están los verdaderos intereses, que siempre han sido de ordeno y mando. Deciden ellos y obedecen los demás. Resulta bastante fácil entender que eso es lo que está ocurriendo con el Carnaval de Cádiz. Los carnavaleros, a los ojos de muchos gaditanos, se han quedado con el culo al aire (dicho sea con perdón). Han sido valientes de boquilla, en el Teatro Falla, sobre todo cuando no gobernaba un comparsista; pero cuando les han inventado otras Fiestas Típicas se las han tragado. Sólo han protestado algunos autores que han optado por la ética de su conciencia.

CÁDIZ es diferente al resto del mundo. Por eso, Cádiz va a celebrar su Carnaval en mayo y junio, recuperando las Fiestas Típicas Gaditanas. Y, además, otro Carnaval callejero (pero que no es el Carnaval oficial) en sus fechas propias. A eso llega el disparate. Hasta ahora Cádiz se regía por el calendario gregoriano, válido en Europa y el resto del mundo, así llamado porque lo implantó el papa Gregorio XIII. Desde 1582 sustituyó al calendario juliano, así llamado porque lo impuso Julio César en el año 46 a.C. Se basaba en el calendario egipcio, que estableció la duración del año solar en 325,25 días. Todo eso viene en la Wikipedia. Pero ahí no aparece el nuevo invento anticapitalista: el calendario kichiano, que va a implantar nuestro Kichi en la ciudad de Cádiz.

LA voz cantante en el cambio de fechas del Carnaval es Lola Cazalilla, concejala de Fiestas (y de Cultura). En el foro de pantomima que organizaron fue ella la que explicó las inexplicables razones del cambio para crear otra vez las Fiestas Típicas Gaditanas. Sin embargo, no hemos caído en la trampa. La culpable no es ella, sino Kichi. Pues todo el mundo sabe en Cádiz que el alcalde es quien ordena y manda en el Carnaval. Está intentando controlar y manipular desde que llegó al sillón de la plaza de San Juan de Dios. En otros asuntos no intervendrá, pero en el Carnaval no se mueve nada sin su consentimiento. Ha conseguido la organización, tras liquidar las competencias del Patronato. Y ahora sólo manda él. ¿Es mejor que el concurso del COAC lo organice el Ayuntamiento? ¿O era preferible la autogestión? Los carnavaleros ya no pinchan ni cortan. Hacen de corderitos en los foros. Manda Kichi.

NO hay razones sanitarias para trasladar el Carnaval a mayo y junio. Tampoco es inevitable, pues PP, PSOE y Ciudadanos tienen mayoría en el Ayuntamiento con opciones para evitarlo. Y un boicot de las agrupaciones punteras se cargaría el concurso en mayo y pondría las cosas en su sitio. Es decir, que pueden dar marcha atrás. Lo peor no es sólo que impongan esas barbaridades, sino que mientan. No es una decisión adoptada por la evolución de la pandemia. No es imposible dar marcha atrás. La cuestión de fondo es: ¿te lo vas a tragar? Ahí es donde necesitan la complicidad de los cobardes. Un ejemplo de dignidad y de ética ha sido el de Antonio Martínez Ares. Ha puesto voz a lo que otros piensan, pero callan.