LA visita de la alcaldesa de Jerez, Mamen Sánchez, al alcalde de Cádiz, José María González, ha sido pintoresca. Se ha presentado como si fuera el final de una guerra fría. Como cuando Reagan se entrevistó con Gorbachov, o algo así. No es para tanto. Se entiende que con las memeces de los confinamientos perimetrales, y con la prohibición de viajar más allá de la provincia, ahora una visita de Cádiz a Jerez o de Jerez a Cádiz se considera como turismo a paraísos exóticos. Pero hasta hace poco era algo de lo más normal. No tiene sentido pensar que esta visita oficial servirá para mejorar las relaciones diplomáticas entre ambas ciudades. Hay cuestiones profundas que se deben trabajar más para que el potencial de esta provincia fragmentada no se siga desperdiciando por las divisiones catetas.

POR poner un ejemplo marinero, Cádiz es como un barco a la deriva. Vivimos una situación imprevisible hace dos años: una pandemia ocasionada por un coronavirus desconocido, que puso en jaque a la humanidad. Esa es la parte de un gran problema global. Pero a eso se añade que Cádiz ya venía derivando de antes, sin rumbo fijo, sin ideas ni criterios en sus gobernantes, sin políticos adecuados para momentos en los que hace falta algo difícil: sabiduría. Así se ha agravado el problema, hasta convertirlo en irresoluble en las circunstancias actuales. El alcalde Kichi se esconde, no está para nada; y lo de menos es que acuda o no a un incendio provocado en el Hospital Puerta del Mar, sino que carece de proyectos para la ciudad. Es incapaz de gestionar el caos sobrevenido.

LOS negacionistas y la gente maliciosa no se creen las cifras que dan los gobiernos en la pandemia. ¿Qué gobierno? Los 17 de la cogobernanza, incluida la Junta de Andalucía, y el desunido de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Los negacionistas y la gente maliciosa dicen que el número de los muertos sube y baja, según los días, y que la tasa de contagios sube y baja, según conviene. Teniendo en cuenta que ya se sabe lo que ocurre: a las dos semanas de un puente festivo o unas vacaciones llega una nueva ola, modelo maremoto de la Palma; y a las dos semanas de haber cerrado todo lo que abría pues empezamos a desescalar otra vez, hasta la siguiente. Estas oscilaciones, de por sí pesadas, se han notado bastante en Cádiz y en Jerez, entre otros municipios de la provincia.

EL pasado lunes falleció en Málaga, a los 94 años de edad y víctima del Covid, el fraile carmelita José Luis Zurita Abril. Había nacido en Melilla en 1926, aunque la gente creía que era malagueño. En Cádiz se le veía como un padre para el barrio del Mentidero, en el que dejó una huella que aún se recuerda. Los años de fray José Luis Zurita en la entonces parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa serán inolvidables, probablemente los últimos del esplendor carmelita en Cádiz, los que desembocaron en la coronación canónica en 2007, que debió llegar antes. Los problemas de supervivencia en el Carmen gaditano quizás comenzaron cuando trasladaron a José Luis Zurita, que era un un fraile carismático y que profesó un amor a la Virgen del Carmen de Cádiz a prueba de todo. Bajo su manto estará ya con el escapulario que siempre defendió, a capa blanca y con la espada de su verbo encendido, que llegaba al corazón de quienes lo conocieron.

EN la ciudad de Cádiz, cuando se hablaba de cepas, siempre se remitía a La Cepa Gallega, de la calle Plocia, con su buen ambiente. Pero ahora se ha puesto de moda la cepa británica, que ha llegado de Gibraltar, como los estraperlos, pero referida al coronavirus. Por culpa del aeropuerto de los yanitos, que era un coladero de cepas británicas, en la ciudad de La Línea, y en toda la comarca del Campo de Gibraltar, se pusieron de coronavirus hasta arriba, con tropecientos casos estraperlados por cada 100.000 habitantes, y con todo lo no esencial cerrado. Desde allí se la han contagiado al resto de la provincia gaditana, a pesar de los confinamientos perimetrales. Ayer el consejero Jesús Aguirre dijo que la semana próxima la cepa británica superará a la cepa de Wuhan en Andalucía. Se advierte para quien no lo sepa.

 

Ya estamos en Cuaresma. Después de dejarnos sin Carnaval, ahora le toca a la Semana Santa. Es un complot contra las esencias y las fiestas más enraizadas en esta trimilenaria ciudad. Y en los alrededores, pues no se salva nadie de las restricciones. Juanma Moreno y Juan Marín, en sus declaraciones recientes, han admitido que están acongojados. Pues la cepa británica se contagia que es una maravilla. También han dicho que vienen “picos duros”, como suelen ser los picos, por otra parte. Un pico blando no es un pico en condiciones. Y así las cosas, es probable que las medidas no se relajen para Semana Santa. O sea, que puede que impidan viajar entre Cádiz y San Fernando. Después dirán que los gaditanos son muy catetos porque han recorrido poco mundo. Excepto los emigrantes.

Algunos cofrades se frotaban las manos pensando en viajar para ver las exposiciones organizadas en Sevilla, Málaga o Antequera, no sólo la del Museo en Cádiz. Sin embargo, los aguafiestas de la Junta han rebajado las expectativas. Y nos advierten que esta provincia es la apoteosis de la cepa británica. En Cádiz ya es la predominante, por encima de la cepa china de Wuhan, según dice el consejero Aguirre. Como sigamos así, con la cepa británica, en Cádiz todos hablarán inglés, en vez de gadita, o puede que lenguas extrañas, como el día de la Torre de Babel.

Los más ultras proponen: ¿y por qué no les cerramos la Verja otra vez a los yanitos? Consideran que la cepa británica ha entrado por culpa del libertinaje permisivo, y por ir a comprar chocolate de todo tipo cuando no había que desplazarse a Gibraltar. Los puertos y los aeropuertos necesitan más vigilancia, según dijo Juanma Moreno. Todo lo malo viene de fuera, y por eso encierran a la gente. Ya sólo faltaría que aparezca la cepa gaditana.

José Joaquín León